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HISTORIA
DEL ANTITAURINISMO EN ESPAÑA |
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Soplan
malos vientos para la Tauromaquia,
vientos que pueden derivar en tempestad
fatal si no se toman las medidas oportunas cuando aún hay tiempo de reaccionar positivamente.
La autocomplacencia es mala consejera en estos casos, constituyendo un deber
moral para todos aquellos que conocemos y elogiamos los valores que la
Tauromaquia - si se
practica con la nobleza que le infundieron sus creadores –
atesora, defenderla. Valores utilísimos para afrontar la vida y la muerte, dos
caras de la misma moneda.
Si vis pacem para bellum: “si quieres la paz prepárate para la guerra”,
decían los antiguos romanos, y nada hay más cierto y - aunque parezca
paradójico -, pacifista en tal adagio, pues no es esta una guerra iniciada
precisamente por los taurófilos, debiendo prepararnos para rechazar una bien
orquestada ofensiva multifrontal.
Es esta pues una modesta contribución a esa defensa
que la Tauromaquia requiere de todo aquel que se llame aficionado.
Lo primero que se debe hacer ante una amenaza es
intentar conocer la naturaleza y alcance de ésta. Para ello, y en el caso que
nos ocupa, nada mejor que pasar revista a las distintas caras que el
antitaurinismo militante ha mostrado a lo largo del tiempo para después
organizar la defensa y pasar al contraataque incidiendo en sus incoherencias y
debilidades.
LA
CENSURA ECLESIASTICA
Ya los primitivos Padres de la Iglesia censuraban los
juegos circenses en los que intervenían fieras, llamándolos “espectaculum
daemonum”, o sea, espectáculo demoníaco.
Diversos prelados españoles, como Hernando de Talavera
(1428-1507) y Tomás de Villanueva (1488-1555), arzobispo de
Granada, confesor y
consejero de Isabel la Católica el primero y arzobispo de Valencia y confesor
de Carlos I el segundo, clamaron insistentemente contra las fiestas de toros.
En 1565, el Concilio de Toledo prohibió la celebración
de corridas en días festivos, por no guardarse, de esta manera, el precepto de
descanso dominical.
El papa Pio V (1504-1572), asesorado por diversos
prelados, promulga la bula De Salute
gregis Dominici en 1567, en la que prohíbe y amenaza con la excomunión y
anatema a todos los gobernantes que permitan corridas de toros en sus
jurisdicciones. Se celebraban espectáculos taurinos en Italia, despeñamiento
por el monte Testaccio, Portugal, Francia y la América española.
Felipe II, a pesar de no ser aficionado a las fiestas
de toros, pues no hay constancia de que asistiera a ellas, solicitó al pontífice “que
la Bula no surta sus efectos, por ser las corridas de toros una costumbre que
parece estar en la sangre de los españoles, que no pueden privarse de ella sin
gran violencia”, no permitiendo su publicación en España, “no creo que los prelados a quienes he
mandado la Bula – le comunica el nuncio Giambattista Castagna al papa – la hayan publicado; tengo entendido que de
acá se les ha mandado orden que sobreseyesen”, alegando “las ventajas que se hacen a mis Reinos
españoles porque con tal entretenimiento se ejercitan mis vasallos [la
nobleza] y se hacen valerosos para la
guerra”.
No eran desinteresadas pues para el Rey Prudente las
razones para no obedecer lo ordenado por la Bula de Pío V. Tampoco hizo
excesiva presión el pontífice para su aplicación en los reinos peninsulares y
virreinatos americanos, pues España, “luz
de Trento, martillo de herejes y espada de Roma”, era indispensable para
mantener a raya, y si era posible neutralizar, a protestantes y turcos. Pio V y
Felipe II fueron los vencedores en Lepanto (1571).
Dada la
insistencia del monarca español ante la Santa Sede los rigores de Pio V se
fueron suavizando poco a poco, como se ve a continuación:
- En 1575, el sucesor de Pío V, Gregorio XIII, en su Bula Exponi Nobis excluye, a "las Españas" (sic) de la pena de excomunión a los legos, conforme al deseo de Felipe II.
-En 1586, Sixto V vuelve reafirmar el contenido de Exponi Nobis en el Breve Nuper Siquidem.
-13 de enero de 1596, Clemente VIII, en su Breve Suscepti
Muneris ratifica a Sixto V
y a Gregorio XIII.
-El 21 de julio de 1680 el papa Inocencio XI en su Breve Nos Sine Graui encomienda al Nuncio en España se dirija a las autoridades a fin
de que se tomen medidas para que los participantes en las corridas no sufran
accidentes contra la propia vida.
No obstante
lo cual, la actitud de la Iglesia hacia las corridas de toros sigue siendo
hostil, como lo prueba que en fecha tan reciente como 1920, el secretario de
Estado del Vaticano, cardenal Gasparri, escribiera: “la Iglesia continúa condenando en voz alta, como lo hizo Su Santidad
Pío V, estos sangrientos espectáculos”, recomendando a los obispos de
España y Francia hicieran lo posible por disuadir a sus feligreses a la
asistencia a las corridas de toros.
Resumiendo,
diremos que las censuras eclesiásticas al toreo tienen que ver con la Economía
de la Salvación, condenando que se exponga la vida humana, don de Dios, por
causa tan fútil. El toro y su posible sufrimiento, en conjunto, no es tenido en
consideración.
LA CENSURA ILUSTRADA
Durante los
siglos XVIII y primera mitad del XIX, la oposición a la Tauromaquia se basa en
el toro, pero considerando éste como una mera entidad mecánica con repercusiones económicas.
Se censura
el despilfarro que significa destinar novillos y toros para una diversión “en detrimento de la agricultura”. Se
clama también contra la mala imagen que la corrida de toros proporciona a
España ante las grandes naciones europeas, sobre todo Gran Bretaña y Francia.
Así lo
manifiesta Jovellanos:
Es indudable que
nuestra agricultura
sufre mucho por la manía de las fiestas de toros. Cuesta más criar uno bueno
para la plaza que cincuenta reses útiles para el arado. No es tan pequeño como
parece el número de reses que malogra este espectáculo. En él no deben entrar
sólo las muertas, sino también las estropeadas en capeos, novilladas,
embolados, toros de cuerdas, etc.; y si se abriese la mano a esta diversión por
todos los pueblos, sin contar más que un toro por cada villa o ciudad,
resultaría una suma demasiado considerable”. (“Carta a D.
José Vargas Ponce en la que se le propone el plan a seguir contra las fiestas
de toros”. Escrita desde Gijón el 12 de Junio de 1792).
Sigue
Jovellanos:
Sostener que en la proscripción de
estas fiestas [de toros], que
por otra parte puede producir grandes bienes políticos, hay el riesgo de que la
nación sufra alguna pérdida real, ni el orden moral ni el civil, es ciertamente
una ilusión, un delirio de la preocupación. Es pues claro que el Gobierno ha
prohibido [en 1785] justamente este
espectáculo y que cuando acabe de perfeccionar tan saludable designio,
aboliendo las excepciones que aún se toleran, será muy acreedor a la estimación
de los buenos y sensatos patricios”. (“Memoria
para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas, y su
origen en España”, apartado “Toros”. 1790).
LA CENSURA DESDE 1860 HASTA HOY,
de Darwin al Proyecto Gran Simio.
Hasta ahora
hemos observado un discurso antitaurino en el cual el toro era un elemento
accesorio: un mero vehículo de perjuicio para la salvación del alma, en el caso
de la censura eclesiástica, y un simple objeto económico despilfarrado para la
riqueza nacional, en el caso de la censura ilustrada.
Con la
aparición, en 1859, del importantísimo libro de Charles Darwin “El origen de las especies por medio de la
selección
natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la
vida”, la cosa cambia, pues se
postula en éste que el conjunto de seres vivos está interrelacionado a través
de ciertos troncos comunes y que mediante un proceso evolutivo cuyo principio
operativo es la selección natural, se expulsa al ser humano del centro de la
Creación, emparentándolo - en honor a la verdad, Darwin en esta obra no
menciona para nada a la especie humana- con especies animales aparentemente distantes
y ajenas a él, invalidando además la teoría que sostenía que la evolución era
una tendencia del ser vivo a la perfección. La selección natural sencillamente
preserva al más apto, al más adaptado al medio cambiante, no siempre ni
precisamente al mejor.
El
descubrimiento de que animales y humanos estamos relacionados biológicamente
tiene como consecuencia la fundación de las primeras Sociedades Protectoras de
Animales en el último tercio del siglo XIX, generándose al mismo tiempo los
primeros alegatos en defensa de los derechos de los animales y, como apunta Iñigo Ongay:
...comienza a tomar cuerpo un antitaurinismo centrado en el toro que podrá ser considerado en este momento, no tanto una máquina aunque tampoco exactamente como un ser humano: los animales serán vistos entonces como sujetos operativos muy parecidos a los propios hombres, y, por ende, merecedores de nuestra piedad sin que quepa ya acusar de extravagancia a estas preocupaciones éticas por la situación del toro de lidia…Semejante antitaurinismo plantea la cuestión como enmarcada en el ámbito de la ética, con lo que parece que tendríamos que referirnos a una suerte de ética ecológica, y, sin embargo, no podemos dejar de advertir que unas tales construcciones son sencillamente contradictorias dado que la ética, en cuanto disciplina escorada al eje circular del espacio antropológico, suele ir referida a los animales en la medida en que éstos permanezcan a su vez, referidos a los hombres, como recursos, como “focos de peligro”... (el subrayado es nuestro).
Es decir, la ética no se ocupa de los animales mismos salvo
indirectamente. Un ejemplo de este delirio ético es el Proyecto Gran Simio. Consiste en una iniciativa que promueve la
igualdad de derechos entre todos los componentes del grupo biológico de los
grandes simios: gorilas, orangutanes, chimpancés y humanos. Trata de ampliar
los derechos éticos y jurídicos de los que disfruta el hombre para incluir en
la comunidad de las personas jurídicas
a esos animales.
Sus
promotores y defensores sostienen que éste es sólo un primer paso para adjudicar después tales derechos a todos los
mamíferos y finalmente a todos los animales.
Resumiendo:
basándose en una serie de semejanzas superficiales y, en nombre de una ética
universal, pretende equiparar a seres humanos y animales bajo la categoría de ‘persona’.
No está de
más recordar que el 25 de junio de 2008 el Parlamento español, a través de la
Comisión de Medio Ambiente del Congreso, aprobó una Proposición No de Ley sobre
el Proyecto Gran Simio, aunque aún no ha sido discutida y votada en ninguna
sesión parlamentaria.
Podría
considerarse este antitaurinismo como una consecuencia de los principios que
proclama la Declaración Universal de
los Derechos del Animal aprobada por la ONU el 15 de octubre de 1978.
Tal Declaración consta de un
Preámbulo y 14 artículos, no cabe duda que tan bienintencionados como
incoherentes en demasiadas ocasiones, como trataremos de demostrar. Para ello
nos serviremos de parte del Preámbulo y de los artículos uno al cinco, no citando
lo demás por considerarlo poco relevante una vez demostrada la incoherencia de
lo tratado. Veamos:
Preámbulo:
-Considerando
que todo animal posee derechos.
-Considerando
que el reconocimiento por parte de la especie humana de los derechos a la
existencia de las otras especies de animales constituye el fundamento de la
coexistencia de las especies en el mundo.
Se proclama lo
siguiente:
Art. 1º.
Todos los animales nacen iguales ante la vida y tienen los mismos derechos a la existencia.
Art. 2º-
a) Todo animal tiene derecho al respeto.
b)
El hombre, en tanto que especie animal, no puede atribuirse el derecho de exterminar a los otros animales o de
explotarlos violando ese derecho. Tiene la obligación de poner sus
conocimientos al servicio de los animales.
c) Todos los
animales tienen derecho a la atención, los cuidados y a la protección del
hombre.
Art. 3º
a) Ningún animal será
sometido a malos tratos ni actos crueles.
b) Si es necesaria la muerte de un animal,
ésta debe ser instantánea, indolora y no generadora de angustia.
Art. 4º
a) Todo animal perteneciente
a una especie salvaje tiene derecho a
vivir libre en su propio ambiente
natural, terrestre, aéreo o acuático y a reproducirse.
b) Toda privación de libertad,
incluso aquella que tenga fines educativos, es contraria a este derecho.
Art. 5º
a) Todo animal perteneciente a una especie que viva
tradicionalmente en el entorno del hombre, tiene derecho a vivir y crecer al
ritmo y en las condiciones de vida y de libertad que sean propias de su
especie.
b) Toda modificación de dicho ritmo o dichas condiciones que fuera impuesta por el hombre con fines mercantiles, es contraria a dicho derecho.
Bien,
creemos que es suficiente con lo expuesto, como se ha apuntado, para pasar a examinar y rebatir cada una de
estas propuestas, pero antes no estará de más comprender el alcance de lo
propuesto. Así, determinemos con exactitud qué se entiende por animal.
Animal:
"Ser vivo heterotrófico, generalmente dotado de
movimiento y de sistemas o aparatos de relación más o menos diferenciados. Es
muy difícil postular una definición ajustada, exacta, exhaustiva y totalmente
comprensiva del término animal. El
problema se origina en la tendencia a trasladar términos y conceptos
corrientes, útiles en ciertos campos de la vida cotidiana, al terreno
científico.
En términos generales se puede decir que los animales
se dividen en dos grandes grupos: unicelulares, como el paramecio y pluricelurares, como la esponja y el
toro.
Si pasamos
de lo general a algo más concreto tenemos que hablar de la especie, que según
Wikipedia: “Se define a menudo como grupo
de organismos capaces de entrecruzarse y de producir descendencia fértil”.
¿Cuántas
especies de animales se conocen?
Según la
misma fuente, en 2007 se tienen clasificadas aproximadamente 1.300.000
especies, desglosadas en:
Vertebrados: 58.808
Invertebrados:
1.240.000
Estas son
las especies animales más o menos conocidas por el hombre, aunque se
sospecha que podría haber muchísimas
más (las estimaciones varían entre 5 y 50 millones, según quién las haga).
REFUTACIONES:
Comenzando
por el principio, y considerando lo citado del Preámbulo y de los artículos 1º
y 2º, debemos preguntarnos:
Si
aceptamos que:
Nos hallaremos, ciertamente, ante un gran dilema moral, en el caso – nada hipotético – de tener que elegir entre:
Nuestro perro, ese que nos recibe tan cariñosamente cuando volvemos a casa, y el mosquito Phlebotomus, transmisor de la temida Leishmaniosis, que no nos agasaja de ninguna manera.
Nosotros mismos, o
un familiar querido. Recordemos: somos una especie animal más, y la discreta y
silenciosa Taenia solium,
conocida vulgarmente como “solitaria”.
Si, como se
ha dicho, “el hombre tiene la obligación de poner sus conocimientos al
servicio de los animales” y que “todos los animales tienen derecho a la
atención, a los cuidados y a la protección del hombre” - Según el
Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, “proteger”
significa: amparar,
favorecer, defender:
¿A qué animales pues cuidaremos y protegeremos y defenderemos...?,
¿a todos?
¿Les defenderemos, ardua tarea, teniendo en cuenta el
ingente número de especies e individuos animales, sólo de nuestros congéneres,
defensa-protección parcial, o, del resto de especies e individuos animales por
igual, defensa-protección total?
¿Somos conscientes de lo que significaría el ejercer, en el
hipotético caso de que fuera posible, pues, si no lo es, no merece la pena ni
enunciarlo, el ser humano la “obligación de poner sus conocimientos al
servicio de los animales --- recordemos: de “todos los animales”---
para cuidarlos y protegerlos de toda
agresión o perjuicio?
Significaría
la extinción de toda la vida a animal, pues eso y no otra cosa sería proteger a
todos de todos, rompiendo la cadena alimenticia, pues para alimentarse hay que
matar en una buena parte de la cadena trófica y matar produciendo temor y
angustia en la presa, algo que se pretende evitar, según el artículo nº 3 de la
Declaración.
Vemos que,
si somos honrados con nosotros mismos, llegaremos a la conclusión de que:
Está claro
pues que, incluso a la luz del sentido común -“el menos común de los sentidos”,
según algunos-, todo el edificio construido sobre las principales premisas de
la Declaración Universal de los Derechos del Animal de la ONU se desmorona
estrepitosamente cuando le aplicamos su lógica interna.
¿Por qué
pues, proponer imposibles? ¿Son mentes equilibradas las que elaboran y tratan
de hacer cumplir lo imposible?
EL PERFIL DEL ACTIVISTA ANIMALISTA
El típico
militante animalista suele caracterizarse por creerse poseedor de una verdad
que el resto de la Humanidad aún no ha descubierto. Procede entonces a
proclamarla por todos los medios a su alcance, pacíficos y pedagógicos en un
principio, coercitivos e incluso violentos después si lo estima conveniente.
Tomaremos
como ejemplo a un grupo, extremadamente minoritario en su origen pero
tremendamente influyente y poderoso cierto tiempo después. Tal grupo nació y
creció básicamente en Alemania en los años veinte del siglo pasado. Hay que
aclarar que dicho grupo derivó en partido político: el Partido Nacionalsocialista de los
Trabajadores Alemanes, contándose entre sus fundadores personajes como Rudolf
Hess, Alfred Rosenberg, Hermann Goering, Heinrich Himmler y Adolf Hitler.
La protección animal no era algo coyuntural para el nazismo.
Era una importante parte de su cosmovisión. Tal cosa la dejó meridianamente
clara el citado Goering en un discurso radiado el 28 de agosto de 1933 a toda
Alemania, siendo a la sazón ministro de Asuntos Prusianos, en el que se
anunciaba la prohibición de la vivisección animal en Prusia. Pero la cosa no
acababa ahí, Goering impuso severas restricciones a la caza, mayor y menor; se
reguló el herrado de caballerías e incluso la cocción de cangrejos y langostas,
amenazando con el envío del infractor a un campo de concentración (el primer
campo de concentración para disidentes políticos fue abierto por los nazis en
el término de la población bávara de Dachau en marzo de 1933, es decir, tan
pronto accedieron al poder), lo que ocurrió con un pescador por descuartizar
una rana para usarla como cebo. Entre los argumentos de Goering figuraba la
ancestral y fraternal relación entre arios y animales.
El nazismo rendía culto a la Naturaleza, no estableciendo
diferencia alguna entre hombres y animales aunque sí una rígida e infranqueable
jerarquía entre las especies: en la cúspide se halla el hombre ario puro, en el
nivel inmediato inferior se hallan los animales depredadores, siendo el lobo el
paradigma del grupo, declarándolo especie protegida; vienen después los demás
animales, hallándose finalmente los subhumanos o humanos de imitación, es
decir, los no arios, en especial judíos y eslavos, a los cuales no se les
concedía ningún derecho.
Para demostrar que la cosa iba en serio, el 24 de noviembre
de 1933 se promulgó la Ley de Protección Animal (Tierschutzgesetz),
la primera del mundo en conceder derechos a los animales por sí mismos, no por razón utilitaria o compasión
humana. Tal ley borró cualquier distinción entre animales domésticos y
salvajes. Definió como sujetos de derecho “a todas las criaturas
vivientes llamadas tanto en el lenguaje corriente como definidas en términos
biológicos como animales. En un sentido penal no se hace distinción entre
animales domésticos y salvajes, entre más o menos estimados así como entre
útiles o dañinos para el hombre”. Ello, legal y prácticamente
elevaba a la fauna a categoría de persona, sujeto
de derecho.
Que eso no es una exageración se demuestra en lo que
Himmler, vegetariano como Hitler, escribió en una publicación de las SS en
1934, aseverando que “admiraba a aquellos alemanes que no mataban a las
ratas sino que las consideraban como sus iguales”.
Estas creencias no eran, sin embargo originales de los nacionalsocialistas alemanes, pues dentro del pensamiento romántico del nacionalismo germano del siglo XIX hallamos declaraciones como esta de Ernst Moritz Arndt, contenida en su escrito “Sobre el cuidado y conservación de los bosques” de 1815: "Cuando uno ve la naturaleza con la necesaria conectividad e interrelación, todas las cosas son igualmente importantes: hierbajo, gusano, planta, persona, piedra. Nada es primero ni último, sino todo en una única unidad”.
Eso explica
la actitud de Himmler, cuando durante una gira por España entre los días 19 y
23 de octubre de 1940, se organiza una corrida de toros en su honor en la plaza
de las Ventas de Madrid. Es muy interesante lo que dice al respecto el escritor y periodista Ignacio
Cossío:
En aquella tarde del 20 de octubre de 1940, el 'Sócrates de San Bernardo' [Pepe Luis Vázquez], que confirmaba la alternativa de manos de Marcial Lalanda y Rafael Ortega 'Gallito', bordó el toreo e hizo una de las mejores faenas de su carrera. La corrida finalmente se tuvo que suspender tras el tercer toro por una copiosa lluvia que hizo impracticable el toreo en el ruedo. Tras departir con las autoridades subieron los maestros a saludar al máximo representante del ejército alemán y en éstas que el torero sevillano, Pepe Luis Vázquez, le preguntó al germano si le había agradado la corrida. El alto militar alemán le confesó que había vomitado en el tercer toro, puesto que no podía soportar semejante martirio y sufrimiento del pobre animal, afirmando que los españoles éramos unos sanguinarios por un espectáculo espeluznante”
Quizá alguien piense que, en el fondo, allá cada cual con sus
preferencias o manías, pero, hay que decir que, generalmente, cuando se inclina
tanto un platillo de la balanza protectora hacia el lado animal, el otro
platillo da un salto en el vacío, estrellándose por ello, siempre e
invariablemente, algún grupo humano.
Eso ocurrió en aquella Alemania nacionalsocialista y
animal-proteccionista, generándose un acoso legal a las prácticas
religioso-alimentarias de los judíos, centrándose sobre todo en la prohibición
de la “sechitá” o matanza ritual de los animales destinados a la
alimentación humana, calificando a la comunidad judía como cruel, carente de
sentimientos y de respeto a la naturaleza, como un pueblo ‘sin raíces’, no
vinculado a ninguna tierra, que no merecía ni siquiera la consideración moral
aplicada a los animales, justificando su acoso, persecución y, por último, su
exterminio: los judíos oprimen a los animales luego defender al débil atacando
al opresor es un deber moral.
Esa escalofriante retórica fue la empleada por el abogado personal de
Hitler en 1930 durante una conferencia sobre el bienestar animal y la matanza
ritual judía: “ya llegará el momento para salvar a los animales de la
persecución perversa de subhumanos retrasados”.
Ya conocemos a lo que condujo esa lógica perversa: millones de hombres,
mujeres y niños fueron aniquilados de todas las formas y maneras imaginables.
No se pretende, por supuesto, equiparar a todos los defensores de los
derechos de los animales con los nazis, pero es bueno saber hasta dónde puede
llegar una causa si el fanatismo y la intolerancia se apoderan de sus
dirigentes y seguidores.
Otro ejemplo, esta vez individual, es el de Ivan Agueli, seudónimo del
pintor sueco John Gustav Agelii (1869-1917), convertido
al islamismo sufí después de pasar por la bohemia anarquista y el vegetarismo,
defensor a ultranza de los derechos de los animales. Enterado de que, dentro de
los actos que España organizaba en la Exposición Universal de Paris de 1900
había una corrida de toros a celebrar en la plaza de Deuil, localidad a las afueras
de la capital gala, no tuvo otra ocurrencia que liarse a tiros con los toreros
que iban a intervenir en el festejo. Así lo narra Vicente Blasco Ibáñez en un artículo publicado en “El Pueblo”
el 6 de junio de 1900, dos días después del suceso:
Después de violentas polémicas entre los periódicos de París
y de vencer los organizadores no pocos escrúpulos y objeciones de la autoridad,
se ha verificado en los alrededores de la gran metrópoli la primera corrida de
toros de muerte con acompañamiento de pedradas, palos y hasta tiros’...Según dicen los corresponsales de París, la
plaza de Deuil se llenó, pero de un público hostil a la fiesta taurina, que
silbó a los toreros y los apedreó, distinguiéndose un ciudadano sueco que,
echando mano al revólver, disparó contra el matador francés Robert [Félix
Robert, alias de Cacenabe Pierre (1862-1916)] y el español “Chato” [
Ramón Laborda “Chato”, banderillero aragonés], hiriendo a los dos [realmente
sólo alcanzó al Chato en el brazo y costado izquierdo]”.
Una última muestra de la feroz inquina de los animalistas militantes
hacia aquellos seres humanos que no son de su devoción es este comentario
hallado en el blog de Fernando Sánchez Dragó, publicado el 15 de julio
de 2008:
No sé cómo te lo montas sádico,
pero he de felicitarte por tu esmero, ya que cada vez que te escucho, compruebo
que te has superado a ti mismo y si la última vez fue el estómago revuelto lo
que me dejaste cuando fuiste a darte un baño de gloria a la monumental,
aprovechando la difusión mediática que los antitaurinos íbamos a crear ese día,
esta vez me ha resultado realmente complicado contener la bilis que me provoca
verte esputando barbaridades por esa bocaza que dios, o seguramente de existir,
Satán te ha dado.
Dedícate a tu absurda literatura,
que fijo que lees tan solo tú o los soplapollas de los que te rodean, en el
ánimo de conseguir un orgasmo pajillero, porque la defensión de la tauromaquia
no es lo tuyo.
Si el toro segrega hormonas
sexuales en el momento de su muerte y a ti eso te pone, porque se nota en cómo
cambia tu expresión (qué asco me das por dios!) y en cómo enfatizas el tono de
tu voz cuando hablas de ello, ¿por qué no dejas que probemos a meterte un
estoque por el culo y así, aparte de conseguir quitártenos de encima, que ya
nos tienes más que hartos con tus provocaciones, te proporcionamos una muerte
sádica y orgásmica como nunca hubieses soñado? Te prometo una experiencia única
e irrepetible…hmmmmm…
Los
abolicionistas se escudan en declaraciones de ciertos miembros de la comunidad
científica para ejercer su presión social, publicando cartas en las que se leen
frases como estas que han sido traducidas del inglés:
En conclusión y en vista de la comprobada relación
existente entre la violencia hacia animales y la violencia hacia los humanos,
nos unimos en tanto que científicos, académicos y profesionales del derecho,
alrededor del mundo y respetuosamente les instamos a apoyar la Iniciativa
Legislativa Popular y a prohibir las corridas de toros.
Atentamente,
Kenneth Shapiro, P.h.D. in Clinical Psychology, Editor, Society and Animals Journal.
275 investigadores
científicos, sicólogos, sociólogos, juristas, académicos y otros profesionales
apoyaban esta carta.
Evidentemente, la defensa
de los ejemplos de amor y solidaridad hacia el prójimo mostrados por esos
denodados animalistas citados un poco más arriba, pondría en serios apuros a
más de uno/a de esos 276 profesionales firmantes de la citada carta.
Estas actitudes, como casi todas en general, no serían
preocupantes si no tuvieran posibilidades de incidir en los legisladores, los cuales, en el caso de la
tauromaquia, concederían o ampliarían unos derechos aplicados al toro de lidia,
a costa de la supresión de otros ejercidos por el ser humano,
Se observa con frecuencia entre muchos y asolerados
aficionados tal confianza en la inexpugnabilidad e imbatibilidad de la tauromaquia que suelen sonreír
conmiserativamente ante la sugerencia de defender ética y políticamente el arte
de torear, considerándolo innecesario, recitando más de uno esa castiza y
anónima coplilla que proclama: “Es una
fiesta española / que viene de prole en prole / Y ni el gobierno la abole / Ni
habrá nadie que la abola”.
Si
determinados partidos o formaciones
políticas, en su afán por atraer a cierto tipo de electorado, hacen
suyas las tesis de los animalistas, las integran en sus programas
electorales
y, en caso de llegar directa o indirectamente al poder, cumplen lo prometido,
la supresión o la desnaturalización de la tauromaquia será un hecho.
La prohibición de las corridas de toros en Cataluña
aprobada por su Parlament autonómico el
28 de julio de 2010 ha hecho evidente lo que puede ocurrir cuando una minoría
con influencia parlamentaria pasa el testigo a los partidos de masas, representantes
legítimos de la sociedad democrática.
Pero, ¿hacia dónde mira la intensísima mayoría de
tales representantes, así como sus representados, cuando esos animalistas les
recuerdan el resto de actividades que la industria, a fin de cuentas todo es
industria, lleva a cabo contra ciertos animales?
¿Qué dicen o hacen ante cosas como?:
1. Experimentación de
productos medicamentosos
2. Experimentación de
productos cosméticos
3.
Experimentación de
psicología comparada
4. Ganadería intensiva
5. Transporte animal
6. Practicas
gastronómicas como cocción de mariscos
7. Piscifactorías
Respecto al punto nº 4, hay que decir que se llevan a
cabo prácticas como la castración o el corte de cola, generalmente sin
anestesia, que las cerdas gestantes son mantenidas en jaulas que no permiten
ningún movimiento, que a las gallinas ponedoras se les corta el pico, además de
mantenerlas en jaulas en batería de una superficie de 450 cm2., espacio insuficiente incluso para batir las
alas.
Si reparamos en el punto nº 5, por todos es conocido
el hacinamiento que los animales sufren durante su, a veces muy largo, camino
hacia el matadero, sufriendo todo tipo de rigores climáticos y muriendo
sofocados o del mismo stress un buen número de ellos.
Punto nº 6: Como saben los buenos gourmets, el marisco vivo
debe echarse a la olla para su cocción cuando el agua está fría. Como también
saben, el tiempo de dicha cocción es: 30 minutos para el bogavante; 20 para el
buey de mar; 20 para la langosta y 18 para el centollo. Vamos, poco más o
menos, lo que dura la lidia de un toro.
Cualquier fotografía relativa al punto nº 7 es
elocuente por sí misma. Pocos pueden imaginar que el rico y caro rodaballo que
nos sirven en el restaurante, goza post
mortem de un espacio enteramente desconocido en su acuática prisión.
Ante todo esto, que afecta a elementos que forman
parte de la cultura -la gastronomía es cultura-, será oportuno preguntarse
¿dónde están las Iniciativas Legislativas Populares, respaldadas por un número
mínimo de firmas necesarias, contra todas estas prácticas con animales?
¿Ha visto alguien manifestaciones ante las
marisquerías o perfumerías protestando
por el maltrato animal que, directa o indirectamente, propician? o, ¿se ha
tachado de “asesinos” y “torturadores” a alguno de los ilustres
e ilustrísimos de los fogones hispanos?
Difícilmente se verá tal cosa pues, tanto la inmensa
mayoría de los representantes políticos como sus representados, ni piensan en
ello o, si lo hacen, desechan inmediatamente esos escrúpulos cuando toman un
medicamento, se aplican una crema o degustan una tan sabrosa como inocente
langosta. Lo cual muestra una doble vara de medir y una hipocresía monumental.
LA TAUROMAQUIA
¿Tiene algo que ver con todo lo anterior la
Tauromaquia?
No estará de más recordar la etimología de tauromaquia:
táuros y maké, vocablos griegos que, unidos significan lucha con el toro.
Ese es el sentido primigenio del vocablo: lucha, combate. Ese es el sentido
que, en España, desde el siglo XII, se le dio al combate singular entre hombre
y toro.
Tampoco será ocioso recordar que el toro, desde
tiempos remotos, ha sido considerado un animal numinoso, es decir,
aquel que
transmite un aire de superioridad y misterio, inspirador de temor y reverencia.
Ello puede aplicarse tanto a la lucha o lidia individual como a la tumultuaria,
pero, en este trabajo, cuando se utilice el término tauromaquia se aplicará siempre al combate o lidia individual, aunque sean varios los
lidiadores que tomen parte, es decir, nunca contenderá más de uno con la res.
Ya en la Edad Media, los caballeros toreadores le otorgaban
al toro la categoría de rival,
llegando en el siglo XVII, época floreciente del rejoneo caballeresco, a
tratársele como a un igual,
aplicándole el código de honor con sus derechos y deberes. Así, el cordobés D.
Pedro Jacinto de Cárdenas, Caballero de la Orden de Alcántara, manifiesta en su
“Arte afortunado de Caballería Española o
Advertencias de torear para los Caballeros en Plaza”, publicado en 1651:
"En
este riguroso duelo de Caballería…no la ha de sacar [la espada] sino a tiempo que el
toro le embista porque si bien no es acertado el prevenirse antes de lo
necesario, indica toda prevención sin tiempo temor."
Esa generosidad y valor
aristocráticos fueron adoptados en el siglo XVIII por aquellos plebeyos que,
con los suficientes arrestos y deseos de emulación, crearon la lidia a pie,
observando un voluntario pundonor, no exigible socialmente a los de su clase,
que ennobleció aquella primitiva lucha o lidia, enfrentándose cara a cara, con un simple estoque y un diminuto lienzo,
a un poderoso y peligroso animal, de tal importancia que incluso tenía nombre.
En un principio,
los toros a
lidiar eran los más agresivos de entre sus congéneres destinados al suministro
de carne. Será hacia mediados del siglo XVIII cuando se creen las primeras
ganaderías prácticamente exclusivas para la lidia, recibiendo el toro y la vaca
brava, a partir de ese momento, un trato que ya hubiera querido para sí
cualquier otro animal del mundo.
Hay que manifestar que, mucho
antes que nadie en el mundo, los caballeros toreadores españoles y portugueses
le otorgaron al toro el más noble de los derechos: el de vivir libre y
regaladamente, y el de defender esa regalada vida hasta las últimas
consecuencias, entre las que se encuentran el lesionar e incluso matar a su
oponente humano.
Como en todo lo humano, el tiempo y la experiencia perfeccionan la acción y el resultado de la misma, pudiéndose decir que, la edad de oro de la tauromaquia en su versión corrida de toros a la española, abarca aproximadamente medio siglo, el que va desde el último cuarto del siglo XIX al primero del XX, en que la interacción de ganaderos, toros, toreros y público llega a su máxima depuración, teniendo equilibrados todos sus componentes. Hay lucha y hay arte, hay bravura y hay valor.
Hay en esa edad de oro un sentido épico de la lidia;no olvidemos su
etimología: del latín litigare:
luchar.
Es precisamente ese carácter épico, sostenido por el trato noble hacia el toro, el que
justifica la existencia de la Tauromaquia, así, con mayúscula, por encima de cualquier
otra concepción, incluso la
esteticista.
Es entonces el arte de torear una
escuela de vida, y la vida es lucha ---
recordemos el título completo del citado y más famoso libro de Darwin--- en la
que se enseña a dar la cara a las dificultades por serias y desafiantes que
éstas sean, y ello sin perder la compostura, sin huir hacia atrás o hacia
adelante, forjando, en el practicante e incluso en el espectador, un valor
sereno, fundado en la inteligencia y el poder ejercido con justicia, y todo ello
llevado a cabo, si la lidia lo permite, con majeza, gallardía y hasta con
destellos de belleza.
Quien no conoce la Tauromaquia, la
tilda de “cruel” y “torturadora”. Nada más lejos de la
realidad. La lidia es cruenta, es decir, hay derramamiento de sangre animal
y, a veces, también humana, pero no es cruel
que, según el diccionario, es lo perpetrado por quien “se deleita en hacer el mal o en el
sufrimiento de otros”. Nadie en el mundo del toro se deleita en el
sufrimiento del toro, siendo éste en todo caso, al igual que el del torero en
el ruedo, aceptado como un mal necesario para llevar a cabo esa lección vital.
La lidia tampoco es tortura, pues, en todo caso conocido
de tortura, el torturador está siempre absolutamente a salvo de cualquier
respuesta violenta del torturado, o sea, todo lo contrario a lo que le ocurre
al lidiador en el ruedo.
El toro es un contrincante, no un enemigo con el que ensañarse. Un
contrincante al que se le tributan los honores necesarios cuando ha respondido
con fuerza y bravura al desafío.
Resumiendo: hay que decir que una
sociedad que fomenta, o simplemente permite, tratos con los
animales como los que hemos mencionado es una sociedad hipócrita y moralmente
descalificada para acusar a quienes practican o valoran la
Tauromaquia.
Ese es el claro mensaje que debe llegar al
legislador.