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EL LEGADO DE BELMONTE |
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Nota del editor. Este artículo fue publicado en Taurologia.com y lo
reproducimos aquí con el permiso del
autor. José Alerón es un erudito
escritor valenciano que en sus escritos ha tratado a menudo el tema taurino con
una perspectiva histórica. El hecho de
que este año se cumplirá el cincuentenario de la trágica muerte de Juan
Belmonte y los 120 años de su nacimiento ha inspirado a Aledón a escribir sobre
el fenomenal diestro trianero, y de cómo este revolucionó el arte de toreo.
Este año se cumple el
cincuenta aniversario de la muerte de Juan Belmonte. Fue en 1962 y en la campera soledad de Gómez Cardeña. También se
puede rememorar el ciento veinte aniversario de su nacimiento. Fue en 1892 y en
Triana.
Igualmente, podríamos los aficionados, en este caso de Valencia, haciendo
un ejercicio de justicia histórica, celebrar su presentación como novillero sin
caballos en el coso de Monleón. Fue el 26 de mayo de 1912, con ganado
salmantino de la Sra. Viuda de Soler.
Como se ha visto, el número dos, como enhiesto par de banderillas, va
visiblemente clavado a la biografía de Juan Belmonte.
El dos fue algo más que un guarismo asociado a la identidad civil del
trianero, pues en la llamada Edad de Oro del toreo ocupó un glorioso segundo
lugar --alguien tenía que ocuparlo,
con permiso de belmontistas, para quienes fue y siempre será el primero y
único-- con respecto a José Gómez Ortega "Joselito". Esto es algo
observable incluso a nivel de
inconsciente colectivo, pues siempre que se ha
escrito o hablado de ambos lidiadores, la frase al uso ha sido y es:
"Joselito y Belmonte". Hasta una acrisolada peña taurina de Madrid
tiene por nombre "Los de José y
Juan".
No obstante, creo que esto no es más que un tópico cargado de subjetivismo.
Usando un símil tecnológico, podríamos comparar el tándem Joselito-Belmonte
con el de Bill Gates-Steve Jobs. La deuda es mutua. Éstos (y sus equipos) han
hecho posible que yo escriba esto y ustedes lo lean con una comodidad, rapidez y posibilidad de fácil distribución no
imaginados hace solo unas décadas, transformando irreversiblemente el trabajo y
el ocio, la guerra y la paz.
Aquéllos (y sus cuadrillas) enviaron al desván la antigua lidia poniendo,
conjuntamente, los fundamentos del toreo moderno y llegando a influir de tal
manera en los practicantes de la vieja
lidia entonces en activo, que quien no aceptó, con mayor o menor convicción, el
nuevo credo taurino, tuvo que retirarse de los ruedos ("Bombita" y
"Machaquito" en 1913 y
Vicente Pastor en 1918).
Dicho esto, conviene recordar que la aparición de Belmonte fue un tsunami en las más o menos tranquilas
aguas del toreo de las dos primeras décadas del siglo pasado. Aquello no podía
ser ("Ir pronto a verlo, que ese
es carne de mataero"), pero fue,
y, ascendiendo por la escarpada senda abierta por "El Espartero" y
Antonio Montes (pagándolo con sus vidas, de ahí la frase del
"Guerra"), pasmó a los aficionados y público de la época con un toreo
imposible, pero que, paradójicamente, posibilitó el actual.
Una época del toreo había quedado
definitivamente superada.
El tercer miembro de la ecuación
generadora del toreo actual fue Manuel Rodríguez “Manolete”. Torero de época,
el cual, rizando el rizo del belmontismo, volvió a cuestionar la geometría
torera, aportando además un pundonor que, practicado sin distingos, le costó la
vida en Linares.
Tres toreros de leyenda, de los cuales, se habló, se habla y se hablará,
magnificándose el mito.
Estas líneas quieren ser
un triple homenaje a esos héroes, a la vez que un sincero reconocimiento a otro
maestro, ausente de los
ruedos hace ya muchos años, pero activísimo como pocos
en la complicada arena del ciberespacio.
Estamos hablando del matador de toros retirado (un torero nunca es ex) y
profesor universitario emérito Mario Carrión Bazán, sevillano, de ilustre
prosapia torera y afincado muchos años ya en los Estados Unidos, desde donde
pone cátedra taurina a través de su página web “Mi mundo del toreo”.
Nadie mejor que un viejo torero que ha experimentado incontables veces lo
que otros escribimos o comentamos desde un plano puramente teórico, para
mostrar la genealogía y naturaleza del toreo actual. Utilizaremos para ello
párrafos extractados de su magistral artículo, escrito en los noventa, “Belmonte y Manolete: las columnas hercúleas
del toreo moderno”.
Al
analizar la tauromaquia basada en su geometría, del ´toreo antiguo´ podríamos
decir que el torero y el toro ocupaban diferentes planos paralelos
---terrenos---. Ellos parecían circular por diferentes carriles. La táctica del
lidiador consistía en asegurarse que la trayectoria del animal fuera paralela a
la suya sin que confluyera con ella. Pero cuando eso fuera imposible, el torero
trataba que la intersección de las dos trayectorias fuera lo más breve posible,
como un boxeador que repentinamente le pega a su más poderoso contrincante un
golpe, y rápidamente se sale del alcance del brazo del oponente, o sea un visto
y no visto.
Hasta el
1913 José Gómez "Joselito" reinó en solitario en el toreo sin
encontrar una considerable oposición. "Joselito" había perfeccionado
lo que sus antecesores habían innovado. Él era un torero clásico que respetaba
los cánones de la tauromaquia. Entonces sucedió que el ´revolucionario´ Juan
Belmonte aparecería en la escena para modificar los básicos conceptos de la
forma de torear que imperaba entonces.
Las
denominaciones ´clásico´, ´fenómeno´ y ´revolucionario´ a menudo se usan para
clasificar a las figuras del toreo.
Un torero
clásico es uno que respeta los modos establecidos en la manera de enfrentarse
con un bravo animal. Éste quizás pudiera torear mejor que nadie, y a lo mejor
pudiera perfeccionar lo que existe, e incluso se atrevería a inventar algunas
suertes, pero no introduce un cambio significativo en la lidia.
El torero ´fenómeno´ rompe los moldes clásicos del toreo, y torea a su manera con gran éxito. Los cambios que estos introducen en la lidia les sirven a ellos pero, por la razón que sea, sus innovaciones no son transferibles a otros diestros. Esos toreros, generalmente, consiguen un éxito y una popularidad enorme, pero a veces efímera, y a sus logros se les reviste con una aureola legendaria.
Los toreros ´revolucionarios´ son ´fenómenos´ que consiguieron convertir sus innovaciones en una parte integral de las tauromaquias venideras. En los inicios del toreo, cuando el toreo estaba en su infancia, había más razón y lugar para las innovaciones así, hasta finales del siglo XIX, varias figuras impusieron cambios que afectaron la técnica de torear y la manera de celebrarse las corridas, pero conforme la fiesta se canonizaba y afianzaba, la resistencia al cambio se incrementaba. Se percibía que había menos necesidad de cambios y, consecuentemente, más resistencia a los toreros ´revolucionarios´.
No obstante en el siglo XX, dos ´revolucionarios´, Belmonte y "Manolete", desbordaron esa resistencia y modificaron muchas de las normas del toreo antiguo para implantar otras, las cuales con algunas pequeñas modificaciones perduran como las bases del toreo actual.
En el libro JUAN BELMONTE: MATADOR DE TOROS, escrito por Manuel Chaves Nogales, el mismo diestro explica el fundamento de su toreo:
Yo entraba en el ruedo como un
matemático que va a la pizarra para probar un teorema. En aquellos tiempos el
arte de torear estaba regido por el pintoresco axioma de
"Lagartijo"
que decía: "tú te pones allí, y, o te quitas tú o te quita el toro".
Yo estaba allí para demostrar que esto no era tan cierto como se creía. Mi
teoría era que el toro no te quita si sabes cómo torear. Entonces había un
complicado sistema de los terrenos del toro y terrenos del torero que, a mi
manera de ver, era algo superfluo. El toro no tiene terreno, porque no es un
ser que piensa y además no hay un topógrafo que delimite las demarcaciones. Todo
el terreno pertenece al torero, el único ser inteligente en el ruedo, y me
parecía natural que el terreno fuera mío.
Belmonte, al continuar expandiendo su teoría, se quejaba de la falta de comprensión de los aficionados de entonces. Se refería a ellos diciendo que en vez de entender la lógica de su ecuación empezaron a llamarle ´fenómeno´ y a vaticinar que a él lo mataría un toro. Concluye que el único ´fenómeno´ era la falta de entendimiento de aquellos aficionados. Dice: "Esto que lo sabe ahora el más rudimentario aficionado, no les entraba en la cabeza a aquellos aficionados que se consideraban entonces la máxima autoridad del toreo. Esto fue mi contribución al arte.
Considerando
la geometría taurina de Belmonte, yo añado que lo que el genial trianero
consiguió con su forma de torear era el haber puesto al torero y al toro en el
mismo plano, eliminando el carril por el cual el matador circulaba, ya que este
permanece estático en su terreno. El toro es forzado a gravitar alrededor del
torero en una relación tangencial a un punto. Belmonte redujo a un mínimo la
distancia entre el hombre y la bestia en la lidia, hasta tal punto que durante
las suertes, ambos parecían integrarse en una entidad hombre-bestia.
Debido a
que los voluminosos toros de tosca bravura que se lidiaban en España antes de
la Guerra Civil no se prestaban fácilmente a que Belmonte y sus seguidores
consistentemente crearan las más asentadas y artísticas faenas que los públicos
ya reclamaban, los toreros pagaron un alto precio con su sangre al incorporar
la nueva técnica del toreo belmontista
El mismo
Belmonte fue herido seriamente doce veces en las treinta y tanta corridas que
toreó durante la temporada del 1933 y del 1934, además, una docena de toreros
queriendo imitar al maestro perdieron la vida en los ruedos.
Sin
embargo la técnica belmontista se hizo práctica común, especialmente después de
que los ganaderos genéticamente produjeron, y los públicos aceptaron, un toro
más apto para la moderna faena, reduciendo las asperezas y el tamaño del ganado
bravo.
En el
proceso la fiesta brava ganó una belleza civilizada, perdiendo, sin embargo,
bastante de su salvaje emoción.
La forma
de torear de Belmonte ya se consideraba clásica al comenzar la Guerra Civil
española en 1936, al tiempo que el novillero Manuel Rodríguez
"Manolete" apareció en los ruedos ibéricos para probar su propio
teorema taurino, el cual lo resolvió ya de matador en los años cuarenta. El
resultado de su forma de interpretar el toreo complementó la tauromaquia de Belmonte
para así completar la definición del toreo moderno.
En
la
técnica belmontista, el hombre, cruzado en el camino del toro, como si
intentara impedirle el paso ---cruzarse---, cita a la bestia con el engaño
enfrente, como si éste fuera una barrera detrás de la cual se escondía el
cuerpo. Entonces, antes de que se arrancara el toro, el diestro adelanta la
muleta hacia el morro del animal para engarzar al toro en el engaño y,
templando su embestida, lo atrae hacia su propio cuerpo ---´parar´---. Al mismo
tiempo, el lidiador, manteniéndose en su sitio, mueve suavemente hacia fuera la
pierna opuesta a la mano que sostiene el engaño en la dirección que él desea
que el toro vaya ---cargar la suerte---, tratando de alargar lo más posible la
trayectoria del toro extendiendo el brazo con que sostiene el engaño, mientras
él permanece estático ---mandar---. Esta secuencia de acciones debe de
conseguirse muy despacio, como a ´cámara lenta´, llevando las puntas de los
pitones a centímetros de la muleta sin que la toquen ---templar---.
El
resultado de ese bello y profundo modo de torear es un pase de una larga
trayectoria que una mayoría de toros pueden seguir. Sin embargo, un cierto
porcentaje de animales que desarrollan genio y que tienen cortas arrancadas, se
niegan a seguir esas forzadas trayectorias. Con esos toros el lidiador se veía
obligado a usar la técnica del toreo antiguo para dominarlos con pases movidos
pero efectivos, los cuales carecen de la calidad artística que los aficionados
ya exigían y apreciaban.
Manuel Rodríguez
impuso una nueva técnica que acortaba la trayectoria del toro en los pases,
haciendo más fácil el torear a animales de arrancadas cortas, o de toros que se
agotaban durante la faena de muleta.
"Manolete",
colocado de semiperfil al toro con las piernas ligeramente entreabiertas, en
vez de colocar la muleta enfrente de su cuerpo y alargarla hacía los hocicos
del animal, mantenía la muleta casi pegada a su cadera en el lado de la salida
del toro. Entonces, esperaba estático, sin adelantar la muleta, a que el toro
viniera hacia la muleta. El encuentro con el engaño tomaba lugar unos segundos
después del toro pasar enfrente del cuerpo del diestro. O sea que el acto de
´parar´ se retrasaba. Como las piernas estaban colocadas de tal manera que
marcaban la dirección de la salida del animal, la acción de ´cargar la suerte´
con la pierna contraria no era necesaria. El ´mandar´ se conseguía con un leve
retorcimiento del torso, usando como eje la cintura, y extendiendo el brazo
hacia el lugar a donde el torero intentaba dirigir al toro, mientras que el
ejecutor del pase permanecía en una estatuesca posición con los pies, separados
solo unos centímetros y firmemente afianzados en la arena. Esta posición
permite un rápido movimiento defensivo si fuera necesario, y facilita el estar
bien colocado para comenzar el próximo pase.
Con esta
técnica los pases se funden unos con otros, ya que el toro sigue la muleta en
una trayectoria ovalada, en donde el final de un pase se convierte en el inicio
del próximo. Esta ligazón crea la ilusión que los pases son más largos. Sin
embargo, en realidad son más cortos, ya que en la técnica de Belmonte el toro
viene toreado desde que el torero le adelanta la muleta, y continua en el
engaño mientras dura ´el cargar la suerte´ con el extendimiento de la pierna
contraria, mientras que en la técnica manoletista el pase no comienza hasta que
el toro pasa enfrente del torero y se alarga solo a la distancia que el brazo
alcanza.
"Manolete"
encontró unas condiciones más propicias que Belmonte para probar su teorema. El
trianero tuvo que imponer su estilo enfrentándose con toros recios, criados
para dominarlos con el toreo antiguo, que dificultaban la ejecución de su más
depurada y profunda forma de interpretar el toro. Por el contrario, "Manolete"
impuso su técnica lidiando toros menos bravíos y más jóvenes y pequeños. Esto
no fue debido a su preferencia, sino a las condiciones existentes en las
ganaderías españolas, como consecuencia de los estragos de la Guerra Civil.
La renovación manoletista no suplanta la teoría belmontista, la cual era mucho más revolucionaria, sino la complementa. Ambas técnicas han hecho posible que durante más de medio siglo los diestros toreen estéticamente y triunfen con un mayor porcentaje de toros, a los cuales antes de Belmonte y "Manolete" solo se les podía lidiar eficientemente, pero sin gran lucimiento.
Concluyo este artículo, con una observación personal sobre esas teorías. En los años cincuenta, en mis actuaciones en los ruedos recuerdo que, aunque considerado como un torero de estilo sevillano, tenía la tendencia a moldear mis faenas con la clásica forma belmontista. Intentaba dar pases largos citando dando el pecho, adelantando la muleta y cargando la suerte al final del pase, pero cuando el toro se quedaba corto y no respondía a esa forma preferida de torear, entonces subconscientemente y sin dudarlo, me traía la muleta hacia la cadera y en posición paralela al animal intentaba robarle al toro los pases que la más depurada forma no me permitía. Y cuando todo fallaba, como un recurso, echaba mano al toreo antiguo sobre las piernas, el cual me permitía sobrevivir manteniendo al toro en su carril mientras yo me mantenía en el mío. Sin embargo en esos momentos yo no estaba consciente ni de "Joselito", ni de Belmonte, ni tampoco de "Manolete". Yo estaba como cualquier otro torero de entonces reaccionando instintivamente a las reglas no escritas de la tauromaquia moderna.
La misma tauromaquia de mis tiempos, con algunas modificaciones circunstanciales, se sigue practicando al comenzar el siglo XXI, ya que, a pesar de que los estilos personales de cada diestro moderno se han ajustado a las condiciones del toro y a los gustos del público actual, la técnica del toreo en lo fundamental poco ha cambiado desde del reinado de "Manolete".