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MUERTE DEL GRAN
MAESTRO ANTOÑETE: UN TORERO LEGENDARIO |
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He leído con tristeza que otro torero de la
generación de los cincuenta, la mía, ha pasado a mejor vida. La noticia decía que a la edad de 79 años el matador de
toros madrileño Antonio Chenel “Antoñete” había dejado de existir la
tarde del sábado 22 de octubre. El maestro se hallaba ingresado en el Hospital
Puerta de Hierro de Majadahonda (Madrid) a causa de una bronconeumonía.
Nada más saberse el fallecimiento
de Antoñete, profesionales del toreo y aficionados expresaron en la radio y en
la prensa cibernética tanto la pena por su muerte, como la gran admiración por
la grandeza de su toreo. Luego, hasta escribir estas líneas, noticias
relacionadas con su muerte, su vida y su tauromaquia han ocupado mucho espacio
en la prensa y en otros medios de comunicación.
Antonio Chenel nació el 24 de junio de
1932 en Madrid. Se vistió de luces por
primera vez en 1946, cuando era todavía un niño. Después de actuar en
novilladas sin picadores desde el 1949, debutó con picadores en 1952. Esa
temporada, lideró la novillería, llegando a actuar en sesenta festejos,
consiguiendo tantos éxitos que se animó para pasar al escalafón superior en la
próxima temporada. Tomó la alternativa el 8 de marzo del 1953 en Castellón de
la Plana, siendo su padrino Julio
Aparicio y el testigo Pedrés; y la confirmó de manos de
Rafael Ortega en Madrid el 13 de mayo de ese mismo año. Esa temporada la
concluyó con solo 36 corridas en su haber, a causa de la fractura de un brazo ocurrida en una corrida
en Málaga. Era la primera lesión ósea de las varias que durante su carrera lo
alejarían temporalmente de los ruedos.
Desde entonces hasta que dijo un definitivo adiós la toreo activo en la
plaza de Burgos en el 2001, la carrera de este legendario torero estuvo marcada
por lesiones óseas como la que tuvo en Málaga, cornadas, altos y bajos,
retiradas y reapariciones. En las temporadas que siguieron a la de su
alternativa, siguió en plan de figura, pero las lesiones y cornadas hicieron
que sus actuaciones, poco a poco, disminuyeran hasta tal punto que en 1964 solo
toreara ocho festejos. Recobró su cartel al abrir la Puerta Grande de Las
Ventas en 1965, después de hacer una de la grandes faenas que ha cuajado en
Madrid. El año siguiente, el 15 de mayo bordó la histórica faena al toro blanco
de Osborne, que ha quedado como modelo de una faena perfecta.
Siguió su carrera con
ciertas irregularidades hasta que el 7 de septiembre de 1975 decidió retirarse. Volvió a los ruedos el 1977
para, durante tres años torear solamente en Venezuela, hasta que el 12 de
septiembre del 1981 volvió a reanudar sus actuaciones en España, para en la
década de los ochenta, cuando ya era un cincuentón, completar la era más brillante
de su carrera. Entonces, a menudo, dio lecciones de toreo clásico y hondo a una
nueva generación de toreros y aficionados. En la siguiente década continuó en
activo hasta el 2001, ya actuando menos y con más bajos que altos, en parte
causados por problemas de salud y una decadencia de forma física, cosa natural a su avanzada edad.
Desde su retirada, hasta que su salud se lo ha permitido, ha actuado,
junto al cronista Manuel Molés, como comentarista en Canal Plus de televisión,
hasta hace poco, cuando tuvo que tomarse un descanso por agravársele el
problema respiratorio que padecía, y que al final le causaría la muerte. En su
labor televisiva, con sus oportunos y claros comentarios siguió, dando lecciones de toreo desde los micrófonos,
complementando a las que prácticamente había dado con capote y muleta en los
ruedos.
El lunes 24 sus restos mortales
estuvieron presentes en una capilla ardiente que fue instalada en la Plaza de
Toros de Las Ventas, en cuyo ruedo el finado había tenido sus mayores y más impactantes
triunfos. Allí, desde las diez de la mañana hasta las cuatro de la tarde,
familiares, muchos profesionales taurinos, políticos, amigos y aficionados le
rindieron homenaje. Terminada la ceremonia el féretro del insigne torero fue
sacado en hombros por la Puerta Grande acompañado por aplausos y por los gritos
de "¡torero, torero!" que en vida había oído en muchas ocasiones.
En esta
última salida a hombros su destino no fue un hotel en donde oiría la
enhorabuena de sus amigos cercanos, sino hacia un sepulcro en el cementerio de La Almudena de Madrid, en donde, apartado del
ruido de las multitudes que tanto lo admiraban, descansará en silencio.
Pintura por Pedro Escacena,
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