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HISTORIA DE UN INDULTO: SEVILLA., 30 DE ABRIL DE
2011 |
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La
temporada que acaba de finalizar hace apenas un mes en España ha deparado un
acontecimiento histórico que sobresale por encima de todos los demás. En pasado
30 de abril se escribió una de las páginas más importantes de la historia de la
plaza de toros de Sevilla.
La Real
Maestranza
de Caballería fue testigo, por primera vez en sus más de dos siglos
de existencia, del indulto de un toro. José Mari Manzanares, torero alicantino
de 29 años, se encontró en el ruedo con ‘Arrojado’, toro de Núñez del Cuvillo
marcado con el número 217 y de 500 kilos, nacido en abril de 2007, y se produjo
el milagro de la bravura y del toreo imborrable.
En Sevilla
había un solo precedente en indultos, pero de un novillo. Nunca en la larga
historia de esta plaza se le había perdonado la vida a un toro. El primer
indulto maestrante se produjo el 12 de octubre de 1965 y el gran protagonista
en aquella ocasión fue el novillo ‘Laborioso’ del Marqués de Albaserrada.
Si alguna vez
van al corral de reconocimiento de la Maestranza sevillana podrán encontrar un
azulejo que recuerda esta fecha histórica. En él se puede leer que Laborioso
fue lidiado por Rafael Astola en quinto lugar y que pesó 425 kilos. Se le
define como un novillo muy bravo que acudió tres veces al caballo. ‘Laborioso’
fue semental en la ganadería de Albaserrada durante seis años y después murió.
Desde
entonces pensar en un indulto en Sevilla era pensar en algo irrealizable. Los
que estamos acostumbrados a ver toros en esta plaza y conocemos bien su
exigencia con el ganado y los toreros siempre hemos pensado en las escasísimas
posibilidades de que alguna vez saliera un toro con las cualidades necesarias
para merecer el perdón de su vida, y menos en los últimos años, en los que la
regularidad ganadera en este coso ha dejado bastante que desear.
Pero en el
toreo, y en Sevilla, no hay nada imposible. Sólo es necesario que se conjuguen
los elementos necesarios para que se produzca el milago. Y el 30 de abril de
2011 era el día elegido. Esa fecha, el encuentro entre ‘Arrojado’ y Manzanares,
vino a demostrar que también Sevilla y su sabia afición iba a dejarse llevar
por la mágica corriente de emociones que se desata cuando en una plaza se tiene
conciencia de estar asistiendo a un acontecimiento único.
Así son casi
siempre los indultos: un río de sensaciones y emociones que arrastra a una
plaza entera. No una acción calculada, meditada y razonada. En el indulto vale
más la intuición, la fuerza del momento, las
apreciaciones instantáneas y
entregadas que la reflexión. La reflexión llega después, cuando la mente del
aficionado repasa de memoria los momentos de la lidia y se detiene en matices
más técnicos: “al toro le faltó humillar”, “en el segundo puyazo no llegó a
emplearse…”, “al final buscó las tablas”, etc.
Pero el toro,
a esas horas, viaja ya en un camión camino de la finca donde, si el ganadero lo
estima oportuno, repartirá su semilla de bravura. Y eso es lo importante. Eso y
que miles de personas han vibrado en lo mas profundo de su ser con la emoción
del toreo. Esas dos cosas son las que engrandecen la Fiesta en un momento en el
que está más necesitada que nunca de mostrar su cara más magnánima y generosa.
La teoría
En muchas
facetas de la vida, una cosa es la teoría y otra, muy distinta a veces, la
práctica. Vamos a diferenciar cómo tiene que producirse en teoría –según el
reglamento- el indulto de un toro y cómo se produce en realidad, en la práctica
de una plaza y una corrida de toros.
La teoría
está legislada desde la aparición del nuevo Reglamento Taurino en 1992. Esta
norma lo regula en su artículo 85 y lo primero que hace es delimitar el
escenario: sólo se puede indultar en plazas de primera y segunda categoría
(aunque la realidad demuestra que se indulta en plazas de tercera y hasta en
portátiles: la ley marca un camino y la realidad toma otro distinto). Esta
limitación está muy bien porque el trapío de los toros que se lidian en plazas
de menos categoría es inferior y se perdonaría la vida a un animal que después
no serviría al ganadero para transmitir las necesarias cualidades morfológicas:
tamaño, cara, hechuras…, trapío en definitiva.
¿Qué hay que
valorar en el toro? Según el reglamento: “Su trapío y excelente comportamiento
en todas las fases de la lidia sin excepción”. Destaco ‘todas’ por
considerar casi una utopía que un toro sea excepcional en todos los tercios,
cuando la selección actual va por otros caminos, primando el comportamiento del
animal en la muleta. La realidad demuestra una y otra vez que el indulto se
concede en un 90% de los casos atendiendo al excelente comportamiento del toro
en ese último tercio: en la muleta.
Pero sigamos
con el Reglamento. ¿Qué objetivo persigue el indulto? Uno bien claro: la
utilización del toro indultado como semental para “preservar en su máxima
pureza la raza y la casta de las reses”, tal y como refleja el texto de la ley.
Estamos ante
una finalidad basada por completo en la utilidad. Que se le perdone la vida a
un toro excepcionalmente bravo puede servir para que éste vuelva al campo y
ayude con su semilla a la mejora de la ganadería en un tiempo en el que los
ganaderos no están sobrados de sangre brava.
Por último,
¿cómo debe producirse el indulto? ¿Qué requisitos se tienen que dar en la plaza
para que suceda? El Reglamento establece tres condiciones:
1. Que el público lo solicite de forma
mayoritaria
2. Que lo solicite el torero
3. Que el ganadero o mayoral de la ganadería den
su conformidad
Es muy fácil
que estas condiciones se cumplan y que en muchas ocasiones estén impulsadas por
la euforia del momento. Repito: la emoción por delante de la reflexión. O
también por el interés de los protagonistas. Y esto no es ninguna crítica, como
más adelante veremos…
Para
completar el desarrollo del artículo 85 del Reglamento taurino es necesario
explicar la secuencia que ustedes pueden conocer pero que no está de más
recordar: el presidente concederá el indulto enseñando el pañuelo naranja, el
matador simulará la suerte de matar con una banderilla, el toro será devuelto a
los corrales para proceder a su cura, al torero se le conceden trofeos
simulados y el ganadero se lleva el toro previo pago de éste al empresario.
La práctica
Al hablar de la teoría o lo reglamentado, no hemos tenido más remedio que ofrecer algunas pistas de cómo la práctica es
Advierto de que nunca he sido un aficionado de esos que van a la plaza con el reglamento debajo del brazo. No soy un aficionado reglamentista. Creo en una regulación básica y a veces más en la que no está escrita pero que está en la mente de los profesionales del toreo que en la que imprimen los políticos de turno con el asesoramiento de personas equivocadas.
No creo que
el toreo se deba oprimir en la letra de una ley porque tiene un factor
incontrolable que es el toro. Cuando en el ruedo hay un animal bravo que nadie
pretenda que la ley taurina se pueda aplicar al pie de la letra. Viene como
anillo al dedo el famoso aforismo taurino: “El hombre propone, Dios dispone y
el toro lo descompone”.
En la
práctica, he presenciado muchos tipos de indultos: justos, injustos, forzados,
provocados y hasta inventados e increíbles. Pero para concretar podríamos
diferenciarlos en dos grupos:
1.
Indultos espontáneos
2. Indultos provocados
Los indultos espontáneos surgen de la
perfecta conjunción entre el torero y el toro. Nacen de ese momento mágico en
el que parece que un toro ha sido creado para que lo toree un torero concreto.
Rara vez se producirá un indulto si sale un toro excepcionalmente bravo y el
torero que tiene delante no se acopla con él, no lo entiende o no lo aprovecha
hasta su última embestida.
Los llamo
espontáneos porque nadie lleva nada premeditado: ni el torero, ni el ganadero,
ni el empresario ni el propio aficionado. Nadie sabe nada de antemano. Es la
propia lidia de ese toro, la propia redondez de la faena, la que poco a poco va
llenando de emociones la plaza hasta que llega un momento en el que, no se sabe
bien cómo, salta la chispa del indulto.
Puede ser una
voz aislada en un tendido. O un pañuelo blanco que empieza a moverse. Esa es la
chispa espontánea que contagia en cuestión de segundos a una plaza entera. En
unos instantes la petición irá creciendo: el público estará cada vez más
convencido de que la grandeza de lo que está presenciando merece un premio
excepcional: el perdón de la vida de un toro.
En ese
momento, el buen aficionado rebobinará en su memoria la cinta de la lidia e intentará
recordar cómo embistió el toro en el capote, cómo se comportó en banderillas y
cómo embistió en su pelea con el caballo de picar. Se intentan reunir datos
objetivos que justifiquen o no el indulto, pero en ese instante de tan fuertes
sensaciones y emociones es difícil tener la frialdad necesaria para ser justo.
Mi consejo,
en este caso, es siempre la generosidad hacia un animal que tiene una sola
oportunidad en su vida de mostrar lo que lleva dentro. Después habrá tiempo
para el matiz y la crítica. De momento, déjense llevar y disfruten. En la vida
no abundan las grandes satisfacciones y nada sacia tanto los sentidos del
aficionado a los toros como dejarse llevar por la euforia de una gran faena y
un indulto.
He vivido
indultos en Jerez, en Córdoba, en El Puerto, en Alicante, en Valencia, en
Málaga… y ahora en Sevilla. Y les puedo asegurar que los comportamientos de las
plazas, del público que llena sus tendidos, es muy similar en estos casos y
digno de un estudio sociológico. En ningún deporte o espectáculo he presenciado
un proceso de contagio emotivo tan rápido y eficaz como el que se produce en
una plaza empeñada en que a un toro se le perdone la vida.
El indulto
espontáneo, cuando nada lo fuerza y sólo es fruto de la bravura de un toro y el
buen hacer de un torero, es uno de los momentos cumbres de la Tauromaquia.El
indulto provocado es todo lo contrario. Es una pantomima, una tomadura
de pelo, un insulto hacia el buen aficionado y una práctica que en nada
beneficia a la Fiesta.
También los he
presenciado y tengo que reconocer que a veces he sentido vergüenza de lo que
veía al entender que ni el toro merecía el honor de seguir viviendo ni lo que
le estaba haciendo el torero era nada excepcional.
En el indulto
provocado interviene el interés y, como todo lo que en la vida se hace de forma
interesada, carece de verdad, de autenticidad. El interés puede ser del torero,
del ganadero o del propio empresario. A veces de los tres, puestos de acuerdo.
Al ganadero
le interesa el honor del indulto por la publicidad positiva que eso supone para
su ganadería. Al torero porque un indulto tiene mucho eco y además le evita
entrar a matar, suerte donde se rompen muchos triunfos y donde muchas buenas
faenas se quedan sin premio. Y al empresario porque siempre es una medalla que
se produzca un acontecimiento de este nivel en un espectáculo que él organiza:
la gente de esa ciudad querrá ir a los toros con mas fuerza al día siguiente o
en la próxima temporada si alguien le cuenta que vio lo nunca visto en ese mismo
coso.
En esos
casos, los ganaderos tienen amigos en las plazas siempre dispuestos a encender
la llama del indulto dando voces en el tendido o agitando un pañuelo y
dirigiéndose a la presidencia. He visto incluso a algún empresario correr desde
el callejón la voz de indulto.
Y lo peor es
cuando el torero, sin que nadie haya pedido nada desde el tendido, empieza a
gesticular y a provocar al tendido para evitar matar al toro. De todo he visto
en mis años de aficionado y en los cientos de corridas que he presenciado. En
estos casos la recomendación es no dejarse llevar. Si se aprecia que alguien
quiere manipular la situación y forzar el indulto de un toro que no lo merece,
lo más recomendable es no sumarse a este fraude.
Estas
diferentes circunstancias hacen que un indulto pueda ser lo más glorioso del
toreo (cuando es espontáneo y natural), pero también lo más lamentable o
ridículo (cuando alguien intenta provocarlo).
Volvamos a Sevilla
En el caso
del histórico indulto de ‘Arrojado’ en Sevilla voy a diferenciar entre mi
vivencia y experiencia en la plaza como espectador del acontecimiento y el
posterior análisis de lo sucedido, y más si es a través de la imagen de un
vídeo.
Si alguno de
ustedes estuvo en la Maestranza esa tarde tendrá la misma sensación que yo: una
cosa es lo vivido allí y otra, muy distinta, la que vamos a ver en las imágenes
que les he preparado.
La emoción –
y más cuando es compartida o colectiva - magnífica la percepción del toreo.
Borra sus deficiencias. Hay que ser muy frío para pararse en los fallos de una
faena cuando un torero está creando una gran obra. Si los fallos son mínimos y
nada reiterados, casi ni se ven. Nuestra emoción los tapa, hace que la
percepción sea muy positiva y todo lo negativo quede en un segundo plano o desaparezca.
Cuando
presencié la faena en la plaza no paraba de gritar “ole” a Manzanares. Su toreo
me levantaba de mi asiento de forma automática. Estaba tan cautivado por el
ritmo lento de su muleta que no veía ninguna imperfección. Estaba eufórico como
pocas veces, feliz, seguro de ser testigo privilegiado de un acontecimiento
histórico.
Poco a poco
dos pensamientos se iban peleando en mi cabeza: por un lado iba tomando cuerpo
la idea de que la faena, bien rematada con una de esas estocadas antológicas de
Manzanares, podía ser de rabo, y
por otro que estábamos ante un toro
excepcional. Pero tuvieron que pasar todavía unos minutos más de impacto y
euforia para que llegara a mi cerebro la idea de un posible indulto.
Recuerdo que
se lo comenté a mi compañera en la Maestranza, Natalia, que estaba tan
emocionada o más que yo, y que un espectador giró la cabeza en ese momento y me
miró extrañado. ¿Indulto? ¿En Sevilla? ¿En la cuna del toreo y templo de la
Tauromaquia? Aquel buen hombre debió pensar que yo estaba loco. Pero no, no
estaba loco, estaba entusiasmado y veía a la plaza tan desbordada en su emoción
como otras en las que he vivido la experiencia del indulto.
Entonces
empecé a fijarme más en el toro y para comprobar que ‘Arrojado’ seguía
embistiendo como una máquina, con la misma clase y temple que cuando empezó la
faena… Y Manzanares le había dado ya más de 50 muletazos. Apreciaba que a veces
salía distraído en los remates de las series, y que otras veces tendía a irse a
tablas, pero no quería verlo…
Recordaba que
había cumplido en el caballo pero que en banderillas había buscado la querencia
de chiqueros, pero eso, desde la euforia que sentía en aquel momento, era lo de
menos: aquel era un toro excepcional capaz de propiciar una faena cumbre. Ya corría
por mis venas el virus del indulto: estaba contagiado. Quería que a ‘Arrojado’
se lo llevaran al campo y que Manzanares cortara los máximos trofeos. Quería
ser partícipe de ese momento histórico. Quería que aquella felicidad no
terminara nunca…
Por eso no me
pareció exagerado que el presidente asomara el pañuelo naranja y que la plaza
entera, en ese momento, tocara el cielo con los dedos.
Y digo en ese
momento porque varía mucho de lo que todo el mundo sentía y pensaba en ese
instante a lo que después, de forma más reposada y quizá bastante hipócrita, se
comentaba en los corrillos de la Puerta del Príncipe: que si el toro había sido
bueno pero no para indulto, que si la Maestranza ha perdido su prestigio, que
si el presidente se ha vuelto loco…
Eso forma
parte del juego: los mismos que en la plaza piden el indulto desaforados
después se vuelven los mas críticos para parecer más entendidos que nadie…
Recuerdo que
yo no quería en aquel momento oír ningún comentario y mucho menos ver las
imágenes de la faena. No quería que nada ni nadie perturbara el momento
imborrable que acababa de vivir.
La Fiesta,
que como ustedes saben vive momentos convulsos, necesita de momentos de leyenda
como éste, de tardes como la que Manzanares protagonizó en Sevilla el 30 de
abril de 2011. Por encima del indulto –merecido o no- lo importante es cómo
vibró la Maestranza ese día. Las emociones que se concentraron en miles de
corazones y que nunca se olvidarán. Eso es lo que engrandece la fiesta. Por
eso, cuando tengan la suerte de vivir algo así, no sean fríos y calculadores:
déjense llevar por ese torrente de sensaciones que nos aporta el buen toreo. Lo
pasarán muy bien. Después habrá tiempo para el análisis… Y para los malditos
vídeos…
* Pintura de Manzanares por Pedro Escacena
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