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OPINIÓN: UNA ODA AL TOREO
DE CAPA |
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Una
reseña de la Corrida de la Prensa publicada en la prensa, con ligeras
variantes, podría ser similar a esta:
Madrid, 2 de junio. Corrida de la Beneficencia. Toros de Núñez del Cuvillo (de presencia justa; encastada,
nobles y manejables en general; el mejor toro el bravo y repetidor 3º; manejables el 2, el 4º y el 5º y con algunas dificultades el 1º
y el 6º) para “Morante de la Puebla”
(metisaca bajo y pinchazo, pitos tras aviso; estocada casi entera, ovación con
saludos), Cayetano (media estocada
baja, división; cinco
pinchazos y descabello, silencio) y Daniel Luque (pinchazo y estocada trasera, vuelta; estocada, silencio). Entrada: lleno.
Si uno la leyera tal reseña sin
haber visto en la plaza o en la pantalla chica lo bueno que a ratos sucedió en
ese festejo, probablemente pensaría que los resultados en general habían sido tan anodinos
como los de tantas corridas que se han celebrado en las Ventas en el ciclo de
la Feria de San Isidro durante el mes de mayo, y en las dos primeras de la
Feria del Aniversario.
Sin embargo, pasó algo más, que
ni las escuetas reseñas pudieran reseñar, ni que tampoco los críticos, por mucho que se hayan esmerado buscando
palabras altisonantes, han podido fielmente describir. Eso fue la oda al toreo
de capote que principalmente “Morante de la Puebla”, seguido por Daniel Luque y
con un toque de Cayetano, compusieron en el ruedo de las Ventas en la tarde del
2 de junio. Eso había que verlo, no leerlo, para degustarlo y profundamente
sentirlo, aunque fuera en la fría y pequeña pantalla del ordenador, como yo lo
vi.
No es mi intención de describir
con palabras la cantidad, la calidad y la hondura del toreo de capa que vi a la
distancia, pues tengo menos capacidad para hacerlo que los buenos críticos que
han tratado con una inspirada prosa el hacernos sentir ese toreo. Solamente me
limito a relatar las circunstancias que hicieron posible que la sinfonía
capotera sucediera. A la vez animo al lector a que si tiene ocasión se deleite
viendo los videos de esta oda, que ya estarán disponibles en el mundo
cibernético.
Es de conocimiento general que
hoy por hoy el torero que con más profundidad y gracia torea con el capote es
“Morante de la Puebla”, especialmente interpretando la verónica. Por lo tanto no fue sorpresa que
lo hiciera esa tarde. En cambio, fue una novedad que otro torero, su paisano
Luque, se atreviera a competir con él y creara la oportunidad para ello durante
la lidia del primer toro de su lote, un bravo
animal de Núñez del Cuvillo.
Después de Luque y Morante hacer sus quites correspondientes, Daniel lo hizo
por chicuelinas y el de la Puebla dibujando tres verónicas y una gran media.
Entonces, Daniel ya con el toro picado, respondió con otras ajustadas y bonitas
verónicas. El público en pie aplaudía a rabiar. A continuación, el joven
diestro en una gesta torera, sin importarle que su buen toro se pudiera acabar
en la muleta, invitó a
Morante a ejecutar otro quite. Lo trazó por chicuelinas, elaboradas con sutiles
toques, con las manos bajas y con el mismo temple con que se componen los
lances o los naturales. La cosa no acabó ahí, pues Luque tuvo el atrevimiento
de responder al quite, no con uno diferente, sino también con otro por
chicuelinas, estas muy arriesgadas, porque los pitones le rozaban tanto la
espalda como la barriga. La ovación para ambos toreros duró una eternidad.
Este quite no
fue el fin de la oda capotera, pues Morante, después de recetar unas buenas
verónicas de recibo al cuarto animal, hizo un quite preciosista dando tres
verónicas, modo delantales, rematadas con una media belmontina, que hubiera
podido ser un modelo para un grabado,
como los que ilustraban las antiguas revistas LA LIDIA.
Hasta
entonces
Cayetano había sido solo testigo de esta noble confrontación capotera, pero
también quiso poner su granito de
arena. Más que un granito fue un monumento a Gaona con un toque ordoñista, pues
recreó, el "Quite de Ronda", original de su abuelo Antonio Ordóñez.
Lo inició de pie con un farol, soltando un extremo del capote, para continuar
con varias elegantes, templadas y ceñidas gaoneras, llevando al toro embebido
en los vuelos del percal.
Este último
quite de Cayetano me recordó un consejo que mi primo, el genial matador de
toros Pepín Martín Vázquez, me daba en
los años cincuenta, cuando yo toreaba y me expresaba bien con el capote. Me
decía algo así como “Mario, por muy bien que torees con el capote, cuando un
compañero haga un gran quite por verónicas, no hagas tú lo mismo. Echate el
capote a la espalda, pues no siempre se acierta y salen bien las verónicas”.
Y ese sabio consejo parecía que Cayetano lo hubiera oído y seguido, pero no
Luque.
Ahora bien, no
solamente fueron los matadores los que
engrandecieron el toreo de capote, sino también los subalternos
contribuyeron a ello, pues bregaron con eficiencia templando las arrancadas de
los toros, llevándolos largo y sin dar un capotazo de más ni uno de menos.
Todo lo que
queda de la Corrida de la Beneficencia en la mente fue lo que los espadas hicieron
en el primer tercio, ya que con la muleta ninguno de los tres diestros
relució. Morante estuvo voluntarioso, siempre dejando muestras de su arte,
pero sin redondear sus faenas; Cayetano estuvo frío y sin aprovechar al máximo
las buenas condiciones de su lote; y lo mejor lo hizo Luque al buen tercer
toro, el bravo animal que hubiera
durado más en el último tercio para
permitir a Luque redondear su faena, si no hubiera sido exprimido con el
grandioso tercio de quite. No obstante, a Luque se le vio con un ánimo renovado
y valiente. Dio la única vuelta al ruedo de la tarde.
La verdad es que la tarde hubiera sido más grandiosa, si los diestros
hubieran cosechado un montón de orejas y hubieran abierto la Puerta Grande.
Ahora bien, en este caso que importa eso, pues de cuando en cuando tenemos la
suerte de ver una corrida triunfalista,
en la que los diestros cosechan múltiples orejas, generalmente ganadas con la
ejecución buenas faenas de muleta y efectivas estocadas, y dejan la plaza en
hombros, sin siquiera haber hecho un quite vistoso. Sin embargo ¿cuántas veces
hemos visto en las dos últimas décadas un festejo en el cual el toreo con el
capote, en conjunto, ha brillado con la intensidad de una estrella, opacando al
de muleta?
Quizás, los podríamos contar con los dedos de una sola mano.
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