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OPINION SOBRE LA PROHIBICION DE LA FIESTA BRAVA EN CATALUÑA por Mario Carrión, 1 de agosto, 2010 |
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El miércoles 28 de julio del 2010 leí en la
prensa electrónica la noticia de que en el Parlamento del Gobierno de Cataluña se había
aprobado, con 68 votos a favor, 55 en contra y 9 abstenciones, una ley que
prohibía la celebración de espectáculos taurinos en el territorio de la
comunidad catalana, que tomará efecto en enero del 2012.
Desde
entonces hasta hoy, el primer domingo
de agosto, cuando estoy escribiendo estas líneas, he leído múltiples
artículos,
tanto en español como en inglés que reportaban, analizaban y opinaban el
extraño caso de que por primera vez en la historia se había prohibido en una
parte integral de la nación española la celebración de festejos taurinos.
En
los artículos en inglés, generalmente,
se enfatizaba que, a pesar de
que la proposición de la abolición de las corridas en Cataluña había sido
iniciada por organizaciones que
proclamaban estar defendiendo los derechos de los animales, la aprobación
mayoritaria de la ley en el Parlamento había estado coloreada por el tinte
político del movimiento independentista catalán que erróneamente percibe el
toreo como una manifestación cultural y popular española pero no catalana,
ignorando que el toreo en esa región tiene raíces históricas propias que se
hunden hasta el Siglo XVI.
Los
artículos españoles también apuntaban al aspecto nacionalista de la aprobación
de la ley pero de una manera más crítica, y en ellos se citaban fuertes opiniones
y comentarios en pro o en contra de la prohibición de aficionados, taurinos y antitaurinos,
profesionales del toreo y políticos de la derecha y de la izquierda.
En
general, los antitaurinos estaban formados principalmente por
simpatizantes de las organizaciones que
proclaman ser defensores de los
animales, y que consideran al toreo como una actividad cruel. Ellos se han
jactado de considerar la
prohibición catalana como el haber ganado solamente la
primera batalla de la guerra para eliminar
la Fiesta Nacional de las restantes autonomías españolas.
Por
otro lado, los aficionados, profesionales, incluyéndome yo mismo, que
percibimos el toreo como una
manifestación artística profundamente arraigada en la cultura de todo el
territorio español, consideramos la prohibición como una acto oportunista
político, que se ha tomado más para satisfacer el sentimiento nacionalista
catalán que con la intención de evitar un posible maltrato a un animal. Así que
vemos la prohibición como un acto cínico, especialmente cuando no se ha
incluido en la nueva ley la prohibición de las fiestas populares catalanas del
“correbous” y el “bous embolats”, las que carecen de valor artístico y en las que
los animales, aunque no se maten en esos momentos, son maltratados por la festiva
masa humana.
Un buen
ejemplo, que ilustra el sentimiento general de los taurinos y de muchos
políticos, aunque estos no lo expresan tan rotundamente, lo manifiesta el
matador valenciano Enrique Ponce en Mundotoro.com:
En
todo esto hay un trasfondo político maquiavélico por parte del nacionalismo
catalán, que con esta acción gana una batalla a España, cargándose la seña de
identidad de nuestro país. Están atentando contra la cultura, la tradición y la
historia de nuestro país. Es muy triste que se use la política para estos fines
y que se coja a la Fiesta como víctima de un fin político nacionalista catalán.
Por
otro lado, el matador de toros catalán Joaquín Bernardó, uno de los profesionales que durante más de
un año ha presionado para que no se aprobara esa ley, tristemente se expresaba
así al enterarse de la aprobación de la ley:
Estaba
previsto, era algo que llevaba muchos años cociéndose. Sabíamos que iba a salir
la abolición, allá ellos, ellos se lo pierden...Soy realista y por tanto me
creo lo que ha ocurrido, porque lo llevo meditando mucho tiempo. A mí me
gustaría que estos políticos me explicasen las cosas. El otro día Zapatero fue a Barcelona por el tema
del Estatut pero no explicó nada de toros.
Comprendo
y comparto el dolor que siente el maestro Bernardó por la
prohibición, pues él, aparte de amar la fiesta, es catalán de pura cepa,
con padres y abuelos catalanes, y en su
tierra se hizo torero y allí tuvo sus mayores triunfos. Desde que tomó la alternativa
en el año 1956 hasta su retirada ha toreado más que nadie en Barcelona, más de
200 corridas de toros. El menciona en
una entrevista en el diario madrileño ABC la incongruencia de que el
mismo Ayuntamiento de Barcelona que declaró la ciudad como antitaurina, le
concedió una medalla de oro en 1983. Dice el maestro
recordando esa ocasión: “Pasqual Maragall, entonces el alcalde de la ciudad,
me dijo que me premiaban por mi estilo artístico y que los toros eran muy
importantes para Cataluña”. Esas palabras del político catalán suenan ahora muy vanas.
Yo actué en la década de los cincuenta con mi compañero el maestro
Bernardó en varias ocasiones en los ruedos españoles, incluso
fui el padrino de su alternativa en
Madrid en junio del año 1956, pero a diferencia de él,
desafortunadamente no tuve éxito en
Barcelona, en donde solamente actué dos tardes. Digo desafortunadamente, porque
entonces, aunque Madrid y Sevilla podían hacer a uno figura, el triunfar en
Barcelona significaba torear un buen número de corridas en esa localidad. Sin
embrago, tuve ocasión de vivir el buen ambiente taurino que allí existía
entonces, pues cuando toreaba en Francia de paso me quedaba unos días en
Barcelona.
Ahora bien, el leer lo de la prohibición, al igual que para Bernardó, para
mí la mala noticia tampoco fue una sorpresa. Ya que por algunos años he estado
siguiendo el desarrollo de la fiesta brava en Cataluña, y he ido notando como,
poco a poco, se hundía en una despaciosa decadencia, con el beneplácito de los
organismo institucionales locales y ante la pasividad de los taurinos, mientras
los enemigos, como leones, se afilaban las garras para darle el zarpazo final a
la presa. Así que no me ha extrañado que sus enemigos hayan ingeniosamente
manipulado legalmente el sistema democrático de Cataluña para lograr abolirla, a pesar de que los taurinos
se aliaron en su defensa, auque ya tardíamente.
Dice un refrán que “no hay mal que por bien no venga”. El bien en este caso
quizás sea un toque de atención para que los aficionados, los taurinos y los
profesionales se unan en una fuerte organización, no solamente con la meta de
defender la Fiesta Nacional, sino también para, al estilo norteamericano, hacer
una continua labor de relaciones públicas que presente la imagen positiva del
toreo.
Esa institución, si se formara, nunca debería olvidar que por muy arraigado
que esté el toreo en España, como en tiempos pasados también lo estuvo en Cataluña, siempre debiera estar fumigando
para que plagas antitaurinas no encuentren un lugar en la piel de toro en donde
ya las raíces taurinas estuvieran secándose.