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UNA SEMBLANZA COMO TORERO Y PERSONA |
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Al acercarse la fecha de la concesión de las Medallas
de Bellas Artes, conviene que se premie a un artista de la Tauromaquia con
méritos indiscutibles y que, en contra de lo que a veces ha sucedido, sea
acogida sin polémicas por los profesionales y los aficionados. Creo que muy
pocos nombres reúnen mejor esas dos circunstancias que el de Pepín Martín
Vázquez. Aunque vive retirado el recuerdo de su arte parece crecer cada día...
Esto
leí en una copia del artículo de Andrés Amorós que se publicó el
10 de febrero del 2011 en el diario ABC de Sevilla, el cual me envió mi
cuñado Antonio Mihura.
Hace algún tiempo ya había leído similares proposiciones en un artículo
de Zabala de la Serna en el mismo diario, y en otro del periodista sevillano
Carlos Crivell en su portal Sevillatoro.com. Naturalmente, coincido con
esos críticos en que Pepín se merece ese reconocimiento y aun más, pues este
excepcional maestro sevillano, a pesar de su corta pero intensa carrera, ha
sido una de las figuras más relevante del siglo XX.
Ahora bien, aunque mi opinión personal de los méritos de Pepin para
recibir esa medalla, a diferencia de esos distinguidos periodistas, pudiera
estar coloreada por mi afecto y relación personal con el artista, como antes no
lo he hecho, ahora he decidido escribir estas líneas para recordar su grandeza. Para ello, primero expondré cual ha sido mi
relación con Pepín, para dar una idea a como determino mis opiniones, luego
incluyo una abreviada semblanza de mi maestro, para enfatizar algunos de sus
inmensos logros en los ruedos, indicando a la vez algunas cualidades de su
depurado toreo. Además, comentaré sobre un aspecto de su personalidad que, tal
vez, haya contribuido a que después de su retiro de los ruedos no se haya
realzado suficientemente el impacto del diestro de la Macarena en la fiesta
brava, como se ha elogiado el de otras figuras con igual o menos mérito que él.
Pepín y yo somos primos hermanos, su madre y la mía eran hermanas.
Vivíamos en Sevilla con nuestras respectivas familias, varias casas aparte, en la calle
Resolana del barrio de la Macarena y, como era la norma en las extendidas
familias de aquellos tiempos, de jóvenes compartimos una vida familiar común, y
entrábamos en la casa del uno y del otro, como si fuera la nuestra.
En la
casa de mi primo se respiraba el toreo, ya que era la morada de
una dinastía torera encabezada por mi tío Curro Martín Vázquez y, como de
chiquillo yo pasaba muchas horas allí, ese ambiente me inspiró a querer
ser torero. Pepín entonces, en la
década de los cuarenta, era el torero de esa dinastía que estaba en candelero,
y por lo tanto busqué su compañía, ya que por solamente estar a su lado y oírle
hablar, me hacía prematuramente sentirme torero. De muy chiquillo inocentemente
le decía que quería ser un torero grande como él, se sonreía pero no me echaba
cuenta. Ahora bien, cuando yo tenía ya quince años, e insistía en manifestarle
mi deseo, comprendió que mi vocación era verdadera y no una chiquillada.
Entonces, paulatinamente comenzó a ayudarme y, poco a poco,
se fue convirtiendo
en mi maestro y mentor taurino, refinando mis rudimentarias maneras de toreo
cuando toreábamos de salón, y luego llevándome a tentaderos para probar si lo
que yo le hacía al carrito me atrevía a hacérselo a las becerras. Más tarde, a
principios de los cincuenta, ya siendo un muchacho, prematuramente dejé los
estudios de bachillerato para comenzar a torear como novillero sin caballos.
Entonces me convertí en su sombra, acompañando a Pepín a casi todas las partes,
pasando temporadas en su finca entrenando y socializando con él.
Ya, con ya algún conocimiento de lo que era el toreo y habiendo visto
torear a las grandes figuras de esa época, comprendí la suprema grandeza de su
toreo y lo que Pepín ya había significado para la fiesta brava. Al mismo
tiempo, comencé a admirar la sencillez de su personalidad, ya que ni por un
instante, ni conmigo ni con nadie, le oí ni recrearse ni presumir de sus grandes
hazañas en los ruedos.
Esa misma sencillez y modestia Pepín siempre la ha mantenido, como
pude comprobar cuando, después de yo emigrar a los Estados Unidos, en mis regulares retornos a Sevilla, lo visitaba, y
al mencionarle cualquiera de sus hazañas que yo había leído en algún medio,
pues él nunca las había mencionado, Pepín sonreía, hacia un breve o neutral
comentario y pasaba a conversar de otros asuntos.
Por otro lado, esa modestia le hizo el no promocionarse y el evitar
que otros lo hicieran. Desde su retiro, a menudo cortésmente no ha accedido a
las muchas proposiciones de entrevistas que tuvo, ni tampoco ha participado en
eventos taurinos, o ha facilitado que se le hagan esas clásicas conmemoraciones
tan comunes en otras grandes figuras, como, por ejemplo, la celebración de
medio siglo de alternativa.
Se me vienen a la memoria dos específicos casos que ilustran esa
conducta. El primero es que al celebrarse en Córdoba la conmemoración del 50
aniversario de la muerte de Manolete, Pepín que, por haber compartido mucho
carteles con El Califa , además de ser su admirador, pudiera haber jugado un
papel estelar en el evento, en cambio no participó, mientras que otros
diestros, que apenas habían actuado o incluso no actuado con el finado, tomaron
cierto protagonismo en el evento, como por ejemplo, Rafael, el hermano de
Pepín, quien había tomado la alternativa años después de la muerte de Manolete.
EL otro caso estuvo relacionado conmigo. El periodista y autor José
Luis Ramón, cuando en el año 1997 estaba editando el libro TODAS LAS SUERTES DEL TOREO POR SUS MAESTROS, me llamó desde Madrid a Maryland, en donde yo resido, pidiéndome que le
arreglara una entrevista con Pepín para
que le describiera como él ejecutaba cierto pase, para incluir la
narración, ilustrada con fotos, en el texto de su obra. Yo con mucha confianza
le dije que no habría problema, creyendo que Pepín accedería a ello, pues
en el libro aparecían grandes figuras
como Pepe Luis y Manolo Vázquez, Litri, Antoñete. Pedrés, Paco Camino y Joselito. Llamé a Pepín para
pedirle el favor, y me dijo más o menos “Mario, pídeme o que quieras menos eso,
pues si acepto tengo que corresponder con varios periodistas que me quieren
entrevistar”. Tuve que llamar a José Luis para, con cierta humildad, comunicarle
la negativa de Pepín, y me sorprendió diciéndome que esperaba esa respuesta.
Aparentemente, habría intentando ponerse
en contacto con Pepín por otros medios sin conseguirlo.
Por
otro lado, esta tendencia a la privacidad no es tan evidente para
quien conozca a Pepín casualmente, pues en público es una persona con carisma,
encantadora, de facil conversación y que trata a la gente con simpatía,
cortesía y respecto, sin discriminar entre los de arriba y los de abajo. Sin
embargo, parece estar más a gusto alternando privadamente con un reducido grupo
de íntimos amigos que participando en actos públicos, los que evita.
Así que mi admiración por Pepín, tanto por sus cualidades como torero
como por las personales, ha crecido sobremanera a través de los años, pues no
he conocido a otro torero, o persona famosa, que genuinamente de menos
importancia a lo que en su profesión haya logrado.
Paso ahora a comentar sobre el Pepín torero. Como es lógico, solamente
recuerdo algunos desconectados instantes de la carrera taurina de Pepín, por lo
tanto para resumir con cierto orden su carrera en los ruedos, he buscado los
datos en diferentes fuentes en el Internet.
Pepín nació el 6 de agosto del 1927 en la casa número 11 de la calle
Resolana, cerca del Arco de la Macarena, en el barrio del mismo nombre. Desde
niño quiso ser torero, lo que no extraña si se considera que creció en un
ambiente taurino, pues su padre Curro Martín Vázquez, su tio Manolo y sus
hermanos Manolo y Rafael fueron matadores de toros. Fue un niño torero precoz,
pues con Cayetano Ordóñez “El Niño de la Palma” hijo formó pareja como
becerrista hasta que debutó como
novillero sin caballos el 16 de septiembre del 1943 en Cehegín (Murcia). Desde
ese momento su carera fue meteórica, pues en una temporada pasó de debutar como
novillero con picadores a tomar la alternativa a la corta edad de 17 años y un
mes.
Debutó con picadores el 27 de febrero de 1944 en
Barcelona y el primero de abril hizo su presentación en Madrid. Sumó 34
novilladas, triunfando casi todas las tardes, sobresaliendo su actuación del
18
de mayo en las Ventas, en
donde tuvo que lidiar cinco novillos por cogidas de sus compañeros, cortando
orejas y en Sevilla, en donde cortó varios trofeos en dos novilladas.
Sus numerosos triunfos de
novillero le animaron a tomar la alternativa. La tomó el 3 de septiembre de ese
mismo año en Barcelona. La corrida fue de ocho toros con Domingo Ortega, Pepe
Luis Vázquez y Carlos Arruza en el cartel para lidiar toros de Alipio Pérez Tabernero
Sanchón. El toricantano fue doctorado por Domingo Ortega. A pesar de la
temporada estar ya dando las boqueadas, Pepín toreó ese año en otras trece
corridas más, alternando y triunfando junto a las grandes figuras del momento,
como puede apreciarse en el cartel de la alternativa.
Después de haber probablemente roto el récord histórico de en menos
tiempo de pasar de novillero sin caballos, el 6 de septiembre del 1943, a matador de toros, el
3 de septiembre del 1944, lo que logró hacer en menos de un año, se convirtió
en una primerísima figura del toreo en la temporada siguiente.
En la temporada del 1945
actuó en 60 corridas, obteniendo clamorosos triunfos como el que consiguió en
la Feria de Abril de Sevilla altenando con Manolete y Arruza. En Madrid toreó
seis tardes, incluyendo
la corrida de su confirmación de alternativa. La
confirmó el 29 de abril, siendo el padrino Pepe Bienvenida y el testigo
Morenito de Talavera. Desde entonces las Ventas fue su plaza, más que la
Maestranza sevillana. Además de ser uno de los grandes del toreo, era lo que
hoy llaman “un torero de Madrid”. Concluida la temporada española hizo campaña
en México, en donde sus éxitos continuaron, alternando a menudo con Manolete, y
siempre compitiendo con las grandes figuras de la Edad de Oro del toreo
mexicano. El genial diestro azteca Silverio Pérez le confirmó la alternativa en
México el 16 de diciembre.
Ya en la cúspide del toreo, en
su campaña del 1946, Pepín sumó 50 festejos que hubieran
sido más si el 30 de junio en las Ventas un toro no le hubiera infligido una
grave cornada. Desde aquí en adelante los toros castigaron fuerte al sevillano.
Comenzó la siguiente campaña como
el diestro de más tirón, después de Manolete, y todo iba viento en popa, ya que
antes de iniciar la temporada tenia 87 contratos firmados. En esa temporada
había sido el máximo triunfador de la recién estrenada Feria de San Isidro y también en las Ventas había tenido otro
triunfo memorable el 16 de julio en la tradicional Corrida de la Beneficencia,
al desorejar por partida doble a dos astados de Bohórquez. Alternaba esa tarde
con el Monstruo de Córdoba, quien resultó herido, y con Gitanillo de Triana. El
famoso crítico Clarito en sus Memorias calificaba de
“asombrosos” los
lances y pases bordados por Pepín esa tarde.
Sin embargo,
la situación cambió el día 8 de agosto en el pueblo
manchego de Valdepeñas, en la que sería su trigésima y la última
actuación de esa temporada. Allí, un toro de
Concha y Sierra se encargó de herirlo muy gravemente en un muslo,
poniendo momentáneamente en peligro su vida por la gran perdida de sangre, pues
la femoral se la había destrozado. Curiosamente, Manolete, quien moriría unos
días después en Linares le hizo el quite.
El percance de Valdepeñas fue el
fin de la hasta entonces brillante campaña del 1947 de Pepín, y la causa de que
estuviera fuera de combate por unos ocho meses. Después de su larga
recuperación, que no fue completa porque le quedaron algunas secuelas de la
cornada, el menor de los Martín Vázquez reapareció el 12 de mayo de 1948 en la
Plaza Monumental de Barcelona. Esa temporada actuó solamente en 30 corridas, el
corto número fue debido al tardío comienzo de la temporada. No obstante, volvió
a tener varios grandes triunfos, como el del 3 de junio en Madrid.
Después de esa temporada la
carrera de Pepín comenzó un lento declive, lo
que se refleja en que en su campaña del 1949 únicamente actuó en 22
corridas. A este reducido número
contribuyó el percance sufrido por el
espada en Peñaranda de Bracamonte, donde un toro lo hirió gravemente de nuevo
en un muslo. En Europa en el 1950
hizo el paseíllo aun en menos ocasiones, en nueve festejos. Al completar su
campaña europea, toreó en octubre en la Feria del Señor de los Milagros de
Lima, Perú, en donde en la Plaza Acho el 17 de diciembre un toro lo hiere otra
vez más en un muslo.
Durante la
temporada 1951 se mantiene inactivo, para el año siguiente volver a los ruedos,
actuando en una docena de festejos, entre ellos en la que sería su última
actuación en Madrid en la Feria de San Isidro. Sucedió el 21 de mayo y esa
tarde le confirmó la alternativa al diestro mejicano Jesús Córdoba.
Finalmente,
sin anunciar su retirada, hizo mutis por el foro el 22 de febrero del 1953 en
Caracas, Venezuela. El cartel lo formaban, además de Pepín, César Girón y Jumillano, lidiando toros de
Guayabita.
Tengo que
añadir un hecho que explica de alguna manera el porque Pepín, a pesar de
conservar aun su popularidad, no sumó más corridas en sus tres últimas
campañas. Eso tenía que ver con que Pepin no aceptaba torear al menos sus
condiciones como figura se cumplieran con respeto al cartel, toros y dinero. Para
él, el concepto de torear simplemente por sumar
corridas no existía. En
varias ocasiones fui testigo
de que estó sucedía, pues desde el año 1950 cuando su hermano Manolo nos
apoderaba a él y a mí, yo estaba presente u oía conversaciones telefónicas en
las cuales Manolo le proponía contratos que no contenían exactamente las
exigencias de Pepín, y este no los aceptaba, aunque Manolo le insistía que lo
hiciera.
Al retirarse,
Pepín profesionalmente se apartó completamente del mundo de los toros, para
dedicarse a explotar sus fincas y a otros negocios. Pronto se casó y creó una familia, con la que vive en
Sevilla.
uno se refiere a cualquier arte es casi imposible
describir las cualidades artísticas sin tener que recurrir a palabras
abstractas y frases hechas, que solo dan vagas ideas del concepto. No obstante,
usaré algunas de esas generalidades para dar una vaga idea de la grandeza del
estilo de torear del maestro Pepín Martín Vázquez.
en
los que templaba y mandaba a los toros como si estuviera dando naturales. Los
quites por gaoneras eran peculiares del toreo de capa de Pepín, aunque esos
quites no eran ni son la norma de los llamados toreros sevillanos como, por
ejemplo, un Chicuelo o un Pepe Luis Vázquez, o ahora un Morante.
con ajustadísimos y largos pases de
pecho; mientras que las series de derechazos las adornaba al final con
molinetes, recortes o pases inspirados sin nombres, o sea con pinceladas e
inspirados destellos del alegre estilo sevillano. Sus faenas de éxito eran
también cortas e intensas, y en ellas había pocos espacios muertos, por lo que
nada más comenzarlas ya se metía al público en el bolsillo. Esto último era
posible porque, aunque de menor volumen, en general, los toros de entonces
tenían más movilidad en las embestidas y transmitían más emoción que los
actuales. Por otro lado, el pico de la muleta era algo que él solo usaba como
una herramienta defensiva o castigadora, para tocar los costados del toro en los doblones de
castigo, o para machetear a los tantos toros mansos que entonces salían por los
chiqueros. Pepín ejecutaba la suerte suprema con efectividad y habilidad,
echándose encima de los toros.