|
|
VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO. NOVILLERO CON PICADORES,
PRIMERA ETAPA-1952-3:
TRIUNFOS Y CORNADAS |
|
En mis memorias VIVENCIAS DE MEDIO SIGLO. 1948-1952: MIS PRIMEROS
BALBUCEOS EN EL MUNDO DEL TOREO relaté cómo se inició en mi la afición a
los toros cuando apenas tenia uso de razón, y como poco a poco la idea de ser
torero se hizo una obsesión hasta que conseguí torear un festival en diciembre
del 1949. Luego referí mis aventuras toreras actuando por los pueblos en las temporadas del 1950, 1951 y en el comienzo de la del 1952.
Concluí ese capítulo de mi vida taurina describiendo lo sucedido en la
última novillada sin caballos que toreé el 29 de junio en Cieza (Murcia), y
hacía referencia a la frustración que
sentía desde que se abrió la temporada del 1952 por no verme anunciado para
hacer mi debut con picadores, para lo cual me sentía bien preparado y, además,
creía que había hecho más que suficientes méritos después de dos temporadas y
media toreando y triunfando por los pueblos.
Ahora tomo el timón del barco del tiempo para dirigirlo hacia atrás, a
ese junio del 1952 para, desde ese punto ahondarme en los recuerdos
relacionados con mis experiencias de mi primera etapa como un novillero con
caballos, que cubre desde el 27 de julio del 1952 cuando toreé mi primera
novillada picada hasta que en Sevilla en la Nochevieja despedía al año1953
junto a mi familia. Esa ultima noche del año tenía poco que celebrar pues, a
pesar de los múltiples triunfos durante mi primer año y medio como novillero,
había terminado la temporada taurina del 1953 cocido a cornadas y mirando a un
futuro incierto como torero. Aquí vuelvo a recorrer ese camino que me permitió
alegremente subir a un paraíso taurino,
para luego, herido física y síquicamente, deslizarme por la misma senda
al purgatorio de la incertidumbre profesional.
Detalles y fechas de hechos que sucedieron hace ya la friolera de más
de medio siglo flotan en mi mente sin orden ni concierto, pero de nuevo tengo
que agradecer a mi padre quien tuvo la paciencia, y probablemente admiración a
su hijo, para recopilar en álbumes la mayoría de lo publicado en la prensa
sobre mis actuaciones y mi vida, más cantidades de carteles y fotos. Esta
herencia me hace posible escribir estas memorias en las cuales puedo acreditar
mis recuerdos con datos concretos.
El espacio de tiempo que va desde el
29 de junio hasta el 27 de julio es obviamente menos de un mes, pero
para un ilusionado torero en espera de alcanzar un hito en su carrera, ese
breve tiempo se convierte en una eternidad. Parece que para los toreros novatos
los hitos en la carrera se suceden y todos tienen una importancia desmedida, y
cuando se alcanza uno de ellos con éxito, a uno no le da tiempo a recrearse en
los laureles, pues otra meta que alcanzar se entrona en nuestra mente
comiéndonos el coco. Hasta el 27 de julio, había soñado primero dar los
primeros pases a una becerra, después presentarme en público, luego debutar
como novillero sin caballo, y entonces, lo más difícil de alcanzar hasta ese
momento, el debutar con caballos me apasionaba. Esto ya lo tenía a mi alcance,
sin embargo, con cada minuto que pasaba me parecía que el reloj no avanzaba, y
el debut ansiado se alejaba. Paciencia no era mi fuerte.
Por larga que sea la espera todo llega en la vida y el 26 de julio a
mediodía me encontraba con mi cuadrilla a bordo de un barco cruzando el
Estrecho de Gibraltar, rumbo a Tánger. Paseándome por la cubierta me encontré
con mis compañeros de cartel, a quienes
me presentó uno de los banderilleros. Ambos eran toreros de dinastía, Antonio
Vázquez, hermano de los grandes maestros sevillanos Pepe Luis y Manolo Vázquez,
y Juan Belmonte sobrino de nada menos que del revolucionario del toreo del
mismo nombre.
Al día siguiente hicimos el paseíllo para enfrentarnos con novillos
del ganadero sevillano Felix Moreno. Curiosamente, hasta hoy no sé porque yo
encabezaba el cartel, a pesar de debutar con caballos. Tuvimos una tarde
triunfal con este resultado: Antonio, dos orejas y ovación; Juan, oreja y
ovación; y yo dos orejas y ovación, y los tres salimos a hombros. Esto se leía
del festejo y de mi primera actuación como novillero con caballos en el
periódico tangerino COSMOLLIS:
De todas las corridas y novilladas
que se han celebrado durante la temporada en curso, la mejor concebida ha sido
sin ningún genero de duda la celebrada el pasado domingo...Empezó Mario Carrión
con el lote más pesado; y su primero, que resultó quizás el más bravo de todos,
lo lidió con verdadero arte y valentía; hizo cuanto quiso arrimándose como los
buenos, lo banderilleó con finura y gracia.... Al fijarlo demostró su clase en
la serie de verónicas que le dio. Un quite por chicuelinas sirvió para mostrar
todo su dominio del capote, y la faena
de muleta fue magnífica, dio pases de todas las facturas pero sobresalieron
unas series de naturales rematadas con el de pecho francamente formidables. Hundió
el estoque hasta manchar la mano con sangre de su enemigo y cortó las dos
orejas entre las aclamaciones del respetable. Pero en el segundo fue en el que
más demostró su maestría y afición: un toro cárdeno con mucho poder y malas
intenciones...con la muleta le dio la lidia apropiada, doblándolo y
castigándolo hasta que a fuerzas de porfiar le sacó unas series de naturales
rematadas con el de pecho para terminar con el morlaco de media y una entera
hasta el pomo que le vale la salida a los medios y una gran ovación.
Recuerdo una anécdota de ese día relacionada con los picadores. Al terminar el festejo, al subirme al coche para ir de vuelta al hotel, miré a los ocupantes y notando la falta de los de a caballo, le grité al chofer “Espera, espera, que nos vamos dejando atrás en la plaza a los picadores”. Todos rieron, y entonces, uno de los banderilleros jocosamente y, con un cerrado acento andaluz, me dijo: “Hijo, pero que cree que ya que ere novillero va a tene picaore jasta en la sopa”. El caso era que con la euforia del triunfo y como ese día había debutado con picadores, yo pensaría que desde entonces todo tendría que ser diferente. Se me había olvidado que solamente los banderilleros acompañaban al matador en el coche para ir a la plaza y volver al hotel, mientras que los picadores iban por su cuenta, pues ellos deben estar presentes antes que el matador en el patio de caballos.
Volví a torear otra novillada
en Tánger el 24 de agosto. Esa tarde me acompañaban en el cartel Juan Belmonte
que repetía, y Manuel del Pozo “Rayito” que debutaba en esta ciudad africana.
Los utreros llevaban el hierro de Moreno Santamaría y fueron mansos con genio y
peligro, el sexto fue condenado a banderillas negras. Belmonte fue aplaudido en
su lote y “Rayito” fue el único de la terna que cortó una oreja. Lo hizo al
tercer novillo, el único animal potable del encierro. Para mi no hubo trofeos,
pero sí di una vuelta al anillo al rematar a mis dos novillos. Esto lo conseguí
a base de arrimarme, un poco a lo loco, pues no tenía opciones ni para hacer el
toreo hondo ni para pinturerías.
Otra cosa sería mi primera actuación en el norte de España, en Castro
Urdiales (Santander), en donde actué el 9 de agosto con Manolo Sevilla y Pepe
Escudero, lidiando novillos de Eugenio Marín. Esa tarde sí me fue posible
torear a gusto, obteniendo un balance de dos orejas y rabo en el primer novillo
de mi lote y una vuelta en el segundo con la correspondiente salida a hombros.
El semanario DIGAME tituló la noticia de la Agencia Logos con un pareado,
creación del ocurrente K-ito, director de esa revista:
“Fue la fiesta un corridón para Sevilla y Carrión
Novillada de feria. Novillos de Eugenio Marín...Mario Carrión, en su
primero, después de una gran faena, cortó las dos orejas y el rabo. En su
segundo realizó una buena faena, pero perdió la oreja, al matar de dos
pinchazos, estocada y descabello al sexto intento. Carrión banderilleó a los
dos novillos entre ovaciones.-LOGOS.
Al finales de agosto, estaba satisfecho con mis resultados en el ruedo
de mis inicios como novillero con caballos, pues mis dos actuaciones en Tánger
habían sido notables, y la de Castro Urdiales extraordinaria. No obstante,
volvía a encontrarme inquieto porque estos triunfos, más los que había tenido
toreando sin caballos durante dos años y medio, y el buen ambiente que tenia
entre los taurinos, deberían haberme calificado para haber toreado más de tres
novilladas picadas y para haber estado anunciado en varios festejos en
septiembre cuando la temporada estaba en su apogeo. En cambio, no era así, pues
no tenía ni un solo contrato firmado
para el resto de la temporada.
Sabía que mi carrera se presentaba difícil, pues ya me había dado
cuenta que mi apoderado no tenía la palanca con las grandes empresas ni estaba
asociado con taurinos de poder. O sea que íbamos en solitario, y los contratos
dependerían exclusivamente de mis triunfos en los ruedos. Mi dilema era que
para triunfar primero tenía que tener ocasiones para torear.
Con este peso en mi mente a menudo le preguntaba
compungidamente a Manolo Martín Vázquez, mi apoderado, que si tenía alguna
noticia buena para mí. La respuesta era siempre vaga, dándome esperanzas de que
a lo mejor podríamos torear aquí o allá, pero nada en concreto, hasta que uno
de los últimos días de agosto me sorprendió diciéndome que si yo quería podría
hacer mi presentación en Madrid en septiembre. Al mismo tiempo, me advertía de
lo que era más que obvio para mí, del peligro ingerente en torear en Madrid,
pues si esa tarde no triunfaba, eso podría significar un gran paso atrás, o
bien el fin de mi incipiente carrera.
Presentí que él no quería la responsabilidad de tomar por sí solo esa importante decisión. Así que hice una rápida composición de lugar, y en tono algo sarcástico y atrevido, raro en mi pues le hablaba siempre con mucho respeto, le hice una pregunta retórica, pues yo de sobra sabía la respuesta: “¿Manolo, cuántas novilladas me tienes firmadas? Ninguna..¿verdad? Pues, entonces haz sin preocuparte lo que sea necesario hacer, pues yo lo que quiero es torear y dejarme ya de tanta espera, que me está matando”. Se sorprendería, pues era la primera vez que no me comportaba de una manera
Mi firme respuesta probablemente lo liberó de las
dudas que él tuviera, y del temor de que si no salieran bien las cosas, y los
taurinos le acusaran de que estaba destruyendo la carrera de un torero promesa,
por haberlo presentado en Madrid antes de tiempo, siempre podría decir que mi
impaciencia fue la causa de ello. Esto desde luego es una opinión, pero fuera
el que fuera el motivo, el caso fue que unos días después me dijo “Mario,
debutamos en Las Ventas el 14 de septiembre con una novillada muy bonita y en
un buen cartel”.
Al poco tiempo se leían noticias en la prensa profesional informando
que yo me presentaría en Madrid el 14 de septiembre lidiando una novillada del
ganadero salmantino Arturo Sánchez y Sánchez, y que alternaría con Joselito
Alvarez, novillero ya conocido por la afición madrileña, y con Braulio Lausín
”Gitanillo de Ricla”, de Zaragoza quien, como yo, también se presentaba en Madrid.
Así que una semana antes de la fecha de mi debut me enorgullecía al ver mi
nombre en letras grandes impreso en los cartelotes pegados en las paredes en
sitios estratégicos de la ciudad anunciando la novillada, publicidad entonces
más común que ahora. Al mismo tiempo, cada vez que miraba esos anuncios mi
corazón se aceleraba, al pensar en lo que me jugaría esa tarde en el ruedo
madrileño. Ya no había manera de echarse para atrás, la suerte estaba echada.
Antes de relatar lo que aconteció la tarde de mi debut en Las Ventas
tomo unos momentos para hacer unos breves comentarios sobre mis actividades
fuera del ruedo durante esas largas esperas entre festejo y festejo, y también
para aclarar el porqué me decidí con tanta firmeza a debutar prematuramente en Madrid
como novillero con picadores, a pesar de mis pocas actuaciones en esa
modalidad.
Como ya había expresado en mi anterior vivencia, era mi norma residir
en Madrid durante la temporada taurina, en donde mi vida privada se centraba en
el Bar-Restaurante La Perla Asturiana, la sede de la peña taurina que llevaba
mi nombre. Allí comía, allí recibía a los amigos, allí mataba las horas muertas
jugando al futbolín o las cartas, y allí mantenía las tertulias con los socios
de mi peña, amigos y miembros de mi cuadrilla. O sea, allí me sentía en casa
rodeado de personas que nos apreciábamos mutuamente. Naturalmente, por las
mañanas temprano iba a un lugar cerca de Las Ventas a entrenar y torear de
salón con otros novilleros, entre ellos “Parrita” y Alfonso Merino y con algún
que otro aficionado. Otras veces me pegaba largas caminatas en El Retiro, que
se encontraba cerca de mi residencia.
Algunas veces después de almorzar iba a tomar café con mi apoderado a
la Cafetería "El Dólar", que estaba situada estratégicamente en donde la calle
Alcalá se bifurca con la Gran Vía. Allí disfrutaba oyendo hablar de toros a los
asiduos de una exclusiva tertulia, entre otros, mi apoderado, mi padrino, el
ganadero Emilio Arroyo, el excelente critico taurino Bellón, el bibliógrafo José
Molina, el maestro retirado Nicanor Villalta y otros toreros o taurinos que
ocasionalmente aparecían por allí como K-Hito, Marcial Lalanda, Manolo Escudero
y Enrique Calleja, el apoderado de “Chicuelo II”. Yo no permanecía mucho tiempo
en la cafetería pues me sentía fuera de sitio y, después de un rato me despedía
para irme a ver alguna película en cualquier cine cercano. Pero durante el rato
que estaba con esos señores solamente escuchaba y, como una esponja, absorbía
las sabias observaciones que ellos hacían. Mi intervención en la conversación
se limitaba a contestar cuando se me preguntaba algo, o se me pedía mi opinión.
Aunque mi afición me hacia ser un fanático de mi profesión, y todo lo
que hacia era dirigido a estar en forma para cuando tuviera la ocasión de
torear, había que considerar que también era joven y, por lo tanto, como
cualquier otro individuo de mi edad con mucho tiempo libre en sus manos, y
algún dinerito en el bolsillo, estaba abierto a las tentaciones que Madrid
ofrecía en la forma de vida nocturna, chicas jóvenes y bonitas, invitaciones a
fiestas, por lo tanto para evitar esas atractivas tentaciones más fácilmente,
comencé a recluirme en el campo tomando ventaja de una generosa invitación de
un amigo.
Desde mis
comienzos como novillero sin caballo había conocido a través
de mi padrino Emilio Arroyo a su tío político el doctor don Ventura Muñoz,
quien tenía una finca situada en las estribaciones de la serranía cerca del El
Escorial, en donde él y su familia pasaban el verano. Congenié con él y con su
familia, y ellos me invitaron a que, cuando lo deseara, me fuera con ellos a la
finca, para allí tener la tranquilidad que no encontraba en Madrid y al mismo
tiempo estar cerca de la ciudad, pues la finca estaba a menos de una hora del centro
de Madrid. Me trataron como a uno de la familia y, como la residencia era un
extenso caserón, tenía allí la
independencia y la libertad para seguir
mi entrenamiento y de ir y venir a mi gusto. Al mismo tiempo el afecto de la
familia Muñoz me hizo sentirme como si estuviera con mi propia familia. Este
afecto y generosidad me la extendieron durante toda mi vida profesional. Así
que entre corrida y corrida allí me iba para aislarme del mundanal ruido,
excepto, cuando iba ocasionalmente a Sevilla a pasar unos días con mi familia
que ya se encontraba allí. La familia había dejado de residir en Cáceres, pues a mi
padre lo habían destinado de nuevo a Sevilla al Regimiento de Soria de Infantería como
teniente coronel.
Una circunstancia fortuita contribuyó a que, a pesar de haber toreado
nada más que seis novillos en novilladas picadas, estuviera bien preparado
para debutar en Madrid, como pudo comprobarse con lo hecho en ruedo madrileño.
Esta
circunstancia, sin planearla, me la proveyó mi gran amigo y padrino
taurino Emilio Arroyo, quien tanto me había ayudado en mis balbuceos taurinos.
Mi padrino había sido un ganadero de segunda y por algún tiempo estaba
planeando formar una ganadería de primera sin tener que pagar una millonada. La
ocasión le llegó cuando en agosto del 1952 Arroyó compró a Mariano García de
Lora la ganadería cacereña que había pertenecido a las señoritas de Jordán de
Huríes. Esta ganadería, que tenía un buen encaste, por muchos años había sido
descuidada, y había perdido el derecho de lidiar corridas y novilladas picadas.
La intención de mi amigo era retentar el más de un centenar de vacas para
seleccionar unas cuarenta o cincuenta para con ellas y un par de sementales
formar la base de una nueva ganadería por vía de la prueba. La que luego
lograría pasar; yo incluso toreé una novillada picada y una corrida de toros de
este hierro en el período de la prueba.
Las vacas estaban pastando temporalmente en un prado en las afueras de
Madrid en donde se había construido una plaza de tienta muy rústica con palos y
ramajes. Allí durante tres días retentamos el ganado que iba desde unas cuantas
bonitas y nobles eralas vírgenes hasta enormes y fuertes vacas viejas ya
toreadas, de las que algunas de ellas sabían hasta latín y tenían predilección
por la anatomía humana más que por la
tela roja. En la tienta estaban, además de Emilio y mi apoderado, mi primo Pepín Martín Vázquez, un picador y un
banderillero. Pepín estaba allí por compromiso, pues ya apenas toreaba y lo
último que él querría sería que tontamente una vieja y sabihonda vaca le
hiciera un tatuaje. Así que cuando era su turno y la vaca tenía dificultades,
me decía “Mario, anda toreala tú, que a tí te hace falta”. El resultado
fue que en los tres días toreé al menos unas setenta vacas beneficiándome de
los sabios y oportunos consejos de mi maestro Pepín. Este toreó unas cuantas
vacas, yo la mayoría y las restantes, después de pararlas el banderillero, no las toreó nadie
pues eran ilidiables. Como consecuencia de esta oportuna experiencia, después
del tentadero me encontraba capaz de torear en Madrid, o en el infierno si era
necesario, y esa fue la razón del porqué le contesté tan confiadamente a Manolo
cuando un par de días después de la retienta me propuso si estaba dispuesto a torear en
Madrid.
Llegó el día tan esperado, y a la vez temido, el 14 de septiembre, y a
las cinco en punto de la tarde de ese domingo Joselito Alvarez, Braulio Lausín
“Gitanillo de Ricla” y yo hacíamos el paseíllo, ignorándonos los
unos a los otros, pues supongo que ellos como yo estarían pensando en que oportunidades
nos darían para el triunfo esos seis utreros enchiquerados.
Dos horas después las dudas se disiparon, pues el encierro nos dio
oportunidades a los tres para mostrar al público lo
bueno que éramos capaz de
hacer. El encierro era terciado con novillos bien construidos, de los que
gustan tanto a los aficionados como a los toreros. Ahora bien, tenían una
bravura picante con algo de genio que no permitían errores. Yo cometí un par de
ellos y me costaron sendas volteretas y a Braulio lo mandó a la enfermaría el
último novillo. El público, que casi llenaba el coso, se divirtió con nuestras
actuaciones y nos concedieron un total de cuatro apéndices auriculares. Yo le
corté una oreja a cada novillo y Alvarez y Lausín obtuvieron un trofeo cada
uno. Al Braulio matar el tercer novillo, los tres jóvenes espadas y el mayoral
dimos una vuelta al ruedo y al final yo dejé el ruedo traspasando a hombros esa
Puerta Grande que todo el que se viste de luces sueña con abrir.
La critica taurina se volcó conmigo tanto o más que el público
madrileño. como ejemplo de lo publicado al día siguiente en la prensa cito lo
que Manuel Alarcón. escrbió en el diario ALCAZAR:
EL TORERO QUE EMPIEZA POR
DONDE TANTOS ACABAN
Mario
Carrión---debutante ayer en Madrid---viene al toreo por la senda de los
elegidos. Puede, si quiere, atropellar las cosas y 
colocarse en el candelero.
Arte y poderío le bastan y le sobran para ello. Pero la personalidad de este
joven artista bien merece un camino y una meta más a tono con sus amplias posibilidades.
Una conducta en consonancia con este
caminar airoso por los ruedos derrochando arte y perfeccionando su propia
escuela...Carrión empieza su carrera por donde tantos otros terminan. Por
dominar todas las suertes del toreo. Inspirado y maestro con la capa.
Extraordinariamente fácil banderillero. Casta y valor, alegría y enjundia
torera con la muleta y un estoqueador singular, que viene a reverdecer los
modos del señor Curro Vázquez. Esta afición y diecisiete años de edad es toda
una promesa, su debut en Madrid es solo un hito… Cortó la oreja del toro de su
presentación y la oreja del toro que cerró plaza. Después se lo llevaron a
hombros---no obstante su obstinada resistencia---por la puerta de los
triunfadores. Lo que hizo tiene esta escueta reseña. Hizo todo lo que hay que
hacer en el toreo. Exponer con lote dificilísimo como el que le tocó en suerte,
y brillar en todos los tercios, afianzando en una sola tarde una reputación que
a muchos les cuesta docenas de actuaciones. Le faltó revolucionar. Pero este se
nos antoja que es su mayor mérito de ayer. El triunfo completó sin especular
con el asombro fugaz… Nos extenderíamos sin necesidad si quisiéramos relatar
sus faenas. Baste decir que se iniciaron con un quite de maravilla al toro
primero y no cesó el clamoreo hasta que rodaba el sexto de uno de los mejores
volapiés que se han dado esta temporada en la Monumental. Para el detalle nos
falta espacio y nos sobrará ocasión muchas tardes aun.
La salida a hombros fue muy
emocionate, 
yo parecía estar entre nubes, tocando el cielo. Hasta ese momento
había salido a hombros en muchas ocasiones, y en esas ocasiones me sentía
feliz, pero nada se podía comparar con el sentimiento que me invadía en el
momento de traspasar ese glorioso portal de la plaza madrileña. Estaba rodeado
de aficionados y amigos que habían saltado al ruedo, el uno me tiraba de los
pies o me daba la mano, los más me empujaban, o se dirigían a mí gritando
palabras que yo no oía, me arrancaban a tirones trozos del traje de luces que,
de todas maneras, ya un novillo me lo había hecho tiras. Sobretodo me llegaba
al alma ver que todos a mi alrededor se sonreían, y en sus rostros se notaba
alegría. Me era difícil de comprender que mi triunfo era la causa
del entusiasmo de tantas personas extrañas.
Mis sentimientos eran
puramente emocionales hasta el momento en que la policía forzó a los que me
llevaban en volandas a que me depositaran como un saco de patatas en el
Hispano-Suiza que me esperaba con los banderilleros para regresar al hotel.
Entonces, empecé a racionalizar que algo había cambiado en mi vida, al notar
que los miembros de mi cuadrilla, hombres hechos y derechos, me miraban a mí,
que era casi un chiquillo, de una
manera especial que emanaba respeto y
admiración, como no me habían mirado antes. Especial fue también la
llegada al Hotel Inglés, en la calle Echegaray, en donde, siguiendo la tradición de los Martín Vázquez, yo me
hospedé ese día, y lo haría luego siempre que toreaba en Madrid. No sabía como
ya se había corrido la voz de mi salida en hombros, ya que un montón de
desconocidos, más algunos empleados del hotel, arremolinados alrededor del
coche me decían, como si me conocieran de toda la vida, “Mario,
torero, enhorabuena”.
Subimos al cuarto y como
era nuestra norma “Monterito”, mi mozo
de espadas, llamó a mi casa en Sevilla y comenzó la comunicación con mi padre
con el clasico “sin novedad, Mario está...”, él Iba a continuar diciendo la regular mentira piadosa de que
yo estaba bañándome, cuando le arrebaté el auricular y excitado le conté a mi
padre lo sucedido en el ruedo, y a continuación compartí la información con mi
madre y mis cuatro hermanos. Para ellos mi
triunfo no era tan significativo como el saber que yo estaba sano y
salvo.
Hay que considerar que en aquel entonces las noticias iban lentas,
y si no se llamaba a casa inmediatamente después de la corrida, la familia no
se informaría de lo sucedido hasta las diez de la noche, cuando Radio Nacional
de España daba un resumen de los resultados de los festejos taurinos al final
del noticiero. Por lo tanto, emulé a mi familia torera en no ponerme
inmediatamente al teléfono al llegar al hotel, para evitar que si no pudiera
hacerlo por estar herido, mi familia no sospechara la causa de yo no ponerme al
teléfono. Si hubiera estado herido, el mozo de espadas informaría a mi padre poco a
poco de la gravedad de la herida, antes que él oyera repentinamente la noticia
por la radio. Por consiguiente, era mi norma llamar a casa una hora o dos más
tarde después de que el mozo, o mi apoderado, se comunicara con la familia. Sin
embargo, en Madrid esa tarde estaba tan entusiasmado que me salté a la torera
nuestra regla, lo que no volvería a hacer más.
Otros signos que marcan el
triunfo o el fracaso del torero, los que conocía pero no los había
experimentado, comenzaron a suceder. En el cuarto el teléfono sonaba sin
interrupción y el mozo de espadas me decía que eran llamadas de tales o cuales
personas que querían saludarme para darme la enhorabuena y, al mismo tiempo,
amigos y personas desconocidas
empezaban a invadir la habitación para charlotear conmigo. Esa misma noche
recibí varias invitaciones para comer o tomar unas copas de personas que antes
no me habían dado ni agua.
Estaba hambriento y, a
pesar de la presencia de las visitas, comí algo en el cuarto para reponer
fuerzas, pues como tantos otros toreros, me mantenía casi en ayunas antes de
torear para tener el estómago vacio, por si hubiera necesidad de sobrellevar
una intervención quirúrgica a causa de una cornada. Al terminar de nutrirme,
Manolo, Emilio Arroyo y un par de buenos amigos nos fuimos a la Perla Asturiana
en donde nos esperaban reunidos los socios de mi peña para celebrar conmigo el
acontecimiento. Allí estaban los mejores amigos con quienes me encontraba a gusto,
los que me habían animado cuando
de torerillo actuaba por los pueblos.
Estuvimos allí hasta cuando la adrenalina que me mantenía alerta dejó de fluir,
y sin energías y adormecido me retiré al hotel para dormir como un lirón.
Lo que es sorprendente como uno se despierta al día siguiente como si
nada especial hubiera ocurrido y, aunque la vida de uno cambie un poco, se
acepta como cosa normal, y se empieza de nuevo a cavilar sobre el futuro.
Acepté con gusto que, caminando por la Calle Alcalá yendo hacia “El Dólar”, donde mi primo me quería exhibir
como un trofeo, algunas personas me reconocieran y me pararan para saludarme y
darme la enhorabuena. Acepté con humildad que en “El Dólar” los camareros me
atendieran con más atención que antes, y que ese día fuera el centro de
atención de los compañeros de la tertulia de mi primo, quienes unos días antes
casi me habían ignorado. Acepté con interés que me hicieran unas entrevistas
para DIGAME, EL RUEDO, e incluso para el ABC. Todo esto y tantas otras experiencias
buenas las estaba disfrutando; en cambio, no aceptaba con resignación que, a
pesar del gran éxito, seguía sin saber cuando torearía de nuevo. Eso era lo que
más me interesaba en el mundo en ese
momento, y aun seguía sin tener una fecha para hacerlo.
Decidí de nuevo alejarme de Madrid, pero antes presencié una amigable
discusión entre mi apoderado y Emilio Arroyo, quien estaba en descuerdo de la
manera que Manolo dirigía mi carrera. Emilio le aconsejaba a Manolo que llamara
a los empresarios importantes como los de Barcelona,Valencia y Sevilla, y les
ofreciera el que yo actuara incondicionalmente en esas plazas, pero Manolo
alegaba que era mejor esperar a que ellos llamaran para así poder exigir
mejores condiciones económicas y profesionales. Yo estaba cien por cien de
acuerdo con Emilio, pero mi criterio no contaba. Así que, algo descontento, me
exilé de nuevo a la finca en el Escorial de los señores Muñoz con la
esperanza de que pronto me llamaran
para volver a torear.
Esta vez la espera no fue tan larga como en las anteriores ocasiones,
pues dos días después Manolo me llamó informándome que íbamos a torear,
contratado bajo muy buenas condiciones, en la Feria Novilleril de Algemensí
(Valencia) el 24 de septiembre y en Alicante el 5 de octubre.
En la novillada de Algemensí triunfé a lo grande con novillos buenos,
y en Alicante lo conseguí a base de arrimarme con
novillos casi ilidiables. En
ambas plazas salí en hombros. Aquí adjunto citas parciales de las crónicas de
los dos festejos. En el periódico LAS
PROVINCIAS de Valencia se me evaluaba de esta manera:
Carrión banderilleó a su primero superiormente, e hizo una faena muy artística y valiente, con música, matando de una entera y cortando las dos orejas. Al que cerró plaza lo recibió con unas verónicas muy ceñidas, que fueron ovacionadas. El toro toma con codicia las varas, derribando a los piqueros. En la faena de muleta, aprovechando las magníficas condiciones del novillo, Carrión dio un curso completo de toreo, con pases de todas las marcas al compás de la música. Estocada muy buena que hizo innecesaria la puntilla, por lo que le fueron concedidas las dos orejas y el rabo. Los dos diestros, Miguel Ortas y Mario Carrión, salieron en hombros de la plaza.
Y de mi aguerrida actuación se leía en AQUÍ ALICANTE:
Algo sensacional es el
valor de Mario Carrión, puesto a contribución de un toreo finísimo y
deslumbrante. Con al capa toreó...con la esencia más pura del torero macareno,
y al primero lo banderilleó extraordinariamente...sufriendo una voltereta de
tanto recrearse en la reunión en un par de poder a poder. El novillo, probón y
bronco y muy poco picado, llegó con genio a la muleta, aquí surgió más que un
novillero que empieza, un veterano lidiador. A los acordes de la música se
centró con el toro y mató de un pinchazo y una estocada. Petición de oreja y
vuelta. A su segundo un marrajo que saltó varias veces la barrera, y que no
tenía faena posible, Mario le cortó una oreja. Empleó para ello un valor sin
límites, y una muleta singular, hasta sacar al manso pases templadísimos y
extraordinarios de mando y aguante. Entró a volapié, en corto y como una vela,
logrando un estoconazo. Mario Carrión triunfó con la corrida de Laffite. ¡Que
pocos toreros pueden superar la labor por el sevillano realizada en Alicante!.
Como el lector puede comprobar arriba el cronista alicantino reportó
que banderilleé extraordinariamente, y es estas memorias he citados a otros
críticos que también alababan mi dominio de ese segundo tercio. Pues bien, creí
que nadie
volvería a escribir sobre mi manera de banderillear, debido a que al
llegar al hotel después de la novillada en Alicante, le dije firmemente a mi
apoderado “ya no banderillearé más”. Aunque rompí promesa en un par de
novilladas al principio de la temporada del 1953, de ahí en adelante dejé de
banderillear, no haciéndolo más que un par de veces en el resto de mi carrera de
novillero y nunca como matador de toros, y luego ni siquiera con el carrito. Mi
decisión no se basó en el miedo a las volteretas que esa tarde y otras tardes
me habían dado los novillos al banderillear, pues también me habían dado muchas
tanto toreando con capote y muleta como entrando a matar, sino sencillamente
que no me gustaba y que mi habilidad banderilleando era limitada y no mejoraba.
Siempre ponía los tres pares por el lado derecho, exponiendo más de lo
necesario y a veces saliendo trompicado. Además, razonaba que toreando bien con
el capote no necesitaba de las banderillas para calentar al público antes de
tomar la muleta.
Mi decisión no le gustó en absoluto a mi apoderado, pues cuando él era
matador había sido uno de los mejores rehileteros de sus tiempos y creería que
con sus instrucciones y consejos podría hacer de mi otro Manolo Martín Vásquez
banderilleando. Ahora pienso que mi decisión de cesar de practicar esa suerte
fue acertada, pues
nunca me pidieron que lo hiciera cuando actuaba en plazas en donde antes había
banderilleado, como
hoy se lo piden a “El Juli”, quien antes banderilleaba y ahora no lo hace.
El lector que no sea familiar con la historia taurina de la década de
los cincuenta y sesenta, tal vez, tenga
algún problema en comprender el énfasis que pongo aquí en las repercusiones que mi sonado éxito en Madrid
tuvo en mi incipiente carrera. Esto era lo normal entonces, cuando se
consideraba a los novilleros verdaderos profesionales. Hago aquí un pequeño
paréntesis en mis memorias para dialogar sobre este asunto para que así estos
recuerdos sean mejor comprendidos.
En la actualidad existe desinterés por las novilladas. En muchas
ferias las novilladas se excluyen de los abonos y, sí se anuncian, usualmente
la plaza se cubre en menos de la mitad del aforo. En cambio, en los cincuenta y los sesenta se vivió una era dorada
de los novilleros. Entonces aparecían novilleros que atraían al público a las plazas, y los empresarios los buscaban y
les remuneraban adecuadamente---a veces mucho mejor que a los matadores
no-figuras---. Además, los novilleros triunfantes gozaban de una popularidad,
bien en el ámbito nacional o el regional, comparable a la que tenían los
maestros bien conocidos. O sea que a los novilleros punteros se les consideraba
como verdaderos profesionales y se confiaba que los éxitos obtenidos como novilleros
se repitieran de matador.
Las grandes estrellas novilleriles Julio Aparicio y Miguel Báez
“Litro” culminaron sus etapas de novillero en 1950 mandando en el toreo; a tal
punto que ese año solamente se celebraron 145 corridas de toros en la temporada
taurina española, pues en los abonos de las ferias se substituían novilladas
con esas dos figuras en los carteles por corridas de toros. A ellos les
siguieron otras figuras novilleriles como Antonio Ordóñez, Antonio Chenel
“Antoñete”, César Girón, Emilio Ortuño “Jumillano” y Pedro Martínez “Pedrés”,
estos dos últimos compusieron el cartel de mi alternativa. En 1952, cuando
debuté con picadores, Manuel Jiménez
“Chicuelo” era el ídolo de los públicos, y en 1954 Antonio Borrero
“Chamaco” arrasó con todos. Con los dos últimos novilleros alterné en varias
ocasiones. Luego, al final de la década aparecerían “El Viti”, Paco Caminos y
Diego Puertas, entre otros, y “El Cordobés” iniciaría la década de los sesenta revolucionando el toreo siendo aun
novillero.
No obstante, no eran únicamente esas superestrellas los novilleros que
mantenían el interés de los públicos, sino que en cada temporada había una
media docena más de novilleros punteros que atraían la atención de los
aficionados y de los miembros de la prensa, y los taurinos reconocían nuestra
categoría profesional. Además, como atraíamos a los públicos a las plazas, a
menudo los empresarios, cuando triunfábamos, nos contrataban de nuevo
renumerándonos adecuadamente.
Esta situación comenzó a cambiar a final de los años setenta, hasta que poco a poco se ha llegado a la situación actual en la que los novilleros pintan poco, y nos se les consideran como verdaderos profesionales, parece ser que se les trata más bien como si fueran 'amateurs' avanzados, o algo parecido. Por consiguiente, la falta de la popularidad de los novilleros se manifiesta en el poco poder convocatorio que estos tienen, pues si exceptuamos algunos abonos de feria como la de San Isidro y unas cuantas ferias más, es raro que en una novillada se cubra más de un cuarto del aforo de la plaza. Así que los empresarios no tienen el incentivo para anunciar en los carteles a los novilleros triunfadores ni de pagarlos adecuadamente.
Considerando
estas premisas es más fácil comprender como el abrir la
Puerta Grande de Las Ventas en Madrid en el 1952, como yo lo hice, afectaba más
positivamente que ahora la carrera de un novel torero.
Verdaderamente, cuando residía en Sevilla llevaba una vida muy
tranquila que se centraba en la familia y en un pequeño grupo de amigos de la
niñez. Cuando digo la familia, no solamente me refiero a mis padres y hermanos,
sino a la familia extensa de tíos y primos, ya que todos vivíamos a unos metros
de distancia, e informalmente nos visitábamos a menudo los unos a los otros. De
todos ellos, por razones obvias, la relación más continua era con Pepín Martín
Vázquez, de quien me había convertido en su sombra.
En Sevilla mis relaciones con la gente del toro eran mínimas, ya que
apenas me juntaba con otros toreros y gente del
gremio, excepto con un par de
aficionados con los que toreaba de salón, entre ellos mi amigo Pedro Escacena,
quien con el tiempo se convirtió en una gran figura de la pintura taurina.
Mis pocos encuentros con otros toreros tenían lugar en el campo del
Sevilla Club de Fútbol pues, aunque yo no era ni soy aficionado al fútbol, me
asocié al club para ir allí a hacer ejercicios, pues la directiva del club nos
permitía compartir las facilidades con los jugadores del Sevilla, e incluso a
veces, los toreros no uníamos a ellos para hacer gimnasia. A menudo, iba con Pepín al estadio y nos
encontrábamos allí con “El Vito”, Jaime Malaver, Manolo Vázquez u otros
toreros, quienes eran amigos de mi primo, para con ellos jugar al frontón. Mi
relación con esos toreros no pasaba de compartir las actividades físicas en el
club. En verdad, tampoco Pepín se asociaba mucho con la gente del toro, y como
yo pasaba tanto tiempo en su compañía en Sevilla o en su hacienda, no tenía
muchas ocasiones de introducirme en el mundo del toro local. En fin, fuera cual
fuera la razón, en Sevilla, a diferencia de Madrid, en donde me había hecho
torero, me comportaba más bien como un hijo de familia cualquiera que como un
torero que comenzaba a tener cierta fama.
Por un lado, esta situación me alegraba pues me permitía llevar la
vida normal de un muchacho de mi edad, pero por otro lado, mi ego se rebelaba a
que se me ignorara, y que se les tuviera más consideración a otros novilleros
locales que hasta entonces no habían logrado sobresalir tanto como yo. Como un
ejemplo, recuerdo que entonces, al encontrarme casualmente con gente del
toro sevillano, raramente alguien me daba la enhorabuena por mi reciente
triunfo en Madrid. Creo que este mal sentimiento en contra de mis paisanos me
duró durante el resto de mi carrera, haciendo realidad en mi caso aquello de
‘nadie es profeta en su tierra’.
Antes de terminar el año hice un examen mental de lo que fue para mi la campaña en la temporada 1952, la que fue breve en el número de novilladas con caballos toreadas, solo seis, pero que, habiendo salido a éxito por festejo, y culminado con la apoteósica triunfal tarde en Madrid, me dejaba en una situación envidiable para afrontar la entrante temporada, como lo puso el critico K-Hito en DIGAME en la sección dedicada a los novilleros de su anual resumen de temporada:
La clamorosa
presentación de Mario Carrión en la plaza de las Ventas ha hecho del artista
macareno una figura de singular relieve. Exito en cada uno de sus toros. Y
comentarios felices a cargo del público. Plato fuerte para el año próximo.
A últimos de enero, como hice
los dos años anteriores, volví a la finca de Emilio Arroyo en Moraleja
(Cáceres) para vivir allí una vida espartana y hacer algunos tentaderos, con la
intención de estar preparado física y mentalmente para la importante temporada
que se avecinaba.
No obstante, pronto volví a Sevilla a hacer unos tentaderos y entrenar
por unos días con mi primo Pepín Martín Vázquez quien, después de un año casi
inactivo, se estaba preparando para ir a Caracas a torear una corrida de toros.
Esta se dio el 22 de febrero, y sería la última actuación en público de su
carrera, pues sin anunciarlo ni
cortarse la coleta, no volvería a vestirse de luces, ni siquiera donar el traje
de corto para torear un festival. Su hermano Manolo, quien también apoderaba a
Pepín, vino a Sevilla de su finca en Martos (Jaén) para ir a despedirlo a
Cádiz, desde donde Pepín saldría rumbo a Caracas en un trasatlántico. Yo
también fui a despedirlo junto con un par de íntimos amigos.
La despedida
del toreo de Pepín provocaba en mí sentimientos
divergentes. Por un lado me alegraba por él quien, satisfecho de haber sido una
figura del toreo de primera categoría, se alejaba para siempre del peligro,
para disfrutar con los recuerdos y del bienestar económico que tan
merecidamente había obtenido con el toro. Por el contrario, me entristecía que
con esa despedida se iba mi ilusión de que Pepín hubiera sido algún día el
padrino de la ceremonia de mi alternativa. Además, sospechaba que con él
alejado del mundo taurino, yo echaría de menos su compañía para a menudo entrenar
e ir a los tenederos juntos, y también el escuchar sus parcos consejos.
Efectivamente, al volver de Venezuela Pepín pronto contrajo matrimonio y ya se
dedicó a sus negocios y a su familia, dejando atrás todo lo relacionado con lo
taurino. Así que nuestros caminos tomaron diferente rumbos y desde entonces
nuestras relaciones poco a poco disminuyeron.
Al volver de Cádiz, en Sevilla tuve una de las pocas ocasiones de
hablar con Manolo respecto a las
perspectivas para la temporada, pues desde octubre hasta marzo se encerraba en
su finca con pocos contactos con el mundo taurino. Lo único que me dijo en
concreto era que, como yo ya habría comprobado, que estaba continuando mi campaña publicitaria y que las perspectivas
eran buenas, pero que hasta febrero lo único que teníamos contratado era mi
presentación como novillero en una novillada picada el Domingo de Resurrección
en Arles (Francia), y que también estaba en contacto con otras empresas. Aunque
yo sabía que las relaciones con la empresa de la Maestranza no existían, le
sugerí que ya que estaba en Sevilla visitara a Manuel Belmonte, el empresario
de la Maestranza, pues yo había oído que ya estaba rematando los carteles para
la Feria de Abril, y le sugiriera que me tuviera en cuenta, ya que lampaba por mostrarle
a mis paisanos de lo que era capaz de hacer en el ruedo. Supe que no lo hizo,
quizás esperaría que Belmonte fuera a Martos a rogarle de rodillas que yo
viniera a Sevilla, como si yo fuera un “Manolete”. Y adelantando mi narración,
aclaro que me quedé fuera de los carteles de la feria. Una cosa que me
sorprendió en esa conversación era que, sin venir a cuento, me advirtiera que
ahora, que yo era un buen prospecto, habría la posibilidad de que algún taurino
importante me echara el anzuelo para pescarme y robarle a él el producto de sus
esfuerzos, recordándome al mismo tiempo que él me había hecho torero.
Noblemente e inocentemente le contesté lo que pensaba entonces, que yo tenía un
compromiso con él y lo respetaría. En verdad, aunque no lo mencioné, ya a
través de una tercera persona había tenido una sugerencia indirecta de que
llamara a cierto taurino importante que estaba interesado en apoderarme, lo que
nunca pude comprobar, pues hice oído sordo al sutil mensaje. Similares
propuestas se repitieron un par de veces más. El usar a terceros como
portavoces era, y es, una manipulación normal para pescar a diestros
descontentos con sus apoderados.
Antes de volver a Extremadura hice un par de tentaderos, ya invitado
directamente por los ganaderos sin la intervención de Pepín. Entonces, me
despedí de nuevo de mi familia y me fui camino a Moraleja para allí en la finca
ganadera de Emilio Arroyo entrenar mientras esperaba tener la ocasión de
actuar en cualquier sitio.
Manolo llegó a Madrid a mediados de marzo después de concluir sus
labores camperas, un poco tarde para reintegrarse al negocio taurino. Nos
comunicamos inmediatamente y me repitió, lo que ya era más que sabido por mí, que
torearía mi primera novillada el Domingo de Resurrección en Arles, y como
sospechaba me dijo que no había tenido ningún contacto con la empresa de
Sevilla. El no me aclaró el porqué ni yo le pedí explicaciones. Curiosamente,
mi relación con él era muy respetuosa, como si yo todavía fuera un chiquillo
inocente y él fuera mi padre o mi hermano mayor, y aunque mi intención fuera
discutirle un asunto, generalmente me callaba. Se dice que familia y negocio no
son una buena mezcla.
Después de retirarme, he concluido que mi extraña conducta no era la
excepción, ya que he observado a muchos toreros, incluyendo algunas
figuras, conducirse de una subordinada
manera en el trato con sus apoderados, hasta que un día, cuando todo parece ir
viento en popa, catapún la relación explota.
El no ir a Sevilla no era novedad, pues mi primera desilusión de la
incipiente temporada fue leer en la prensa los carteles de la Feria de Sevilla
publicados sin mi nombre en la novillada de feria. Lo que si era novedad y otra
gran desilusión fue el afrontar la idea que no teníamos otro contrato en firme
hasta el 10 de mayo en Zaragoza, un mes y pico después Arles.
En cambio, Manolo concluyó la conversación animadote al decirme que el
Sindicato de Toreros me había clasificado en el primer grupo de novilleros, y
que eso significaba que él había tenido que contratar dos subalternos
garantizándoles un número fijo de novilladas. El no veía problema con ese
compromiso, ya que los prospectos eran que podríamos sumar medio centenar de
festejos, pues los contratos nos lloverían en agosto y septiembre.
Hice mis cálculos mentales y me di cuenta que comenzaba la temporada
por primera vez con unas responsabilidades económicas considerables, y que
tendría que pagar esas cuentas con las
pesetas que ganara con el toro ese verano. Además de pagar a los
subalternos si no alcanzara cierto número de novilladas, también tendría que
cubrir las cuentas del sastre de torero
por los trajes de luces y equipo de torear nuevos que me había
comprado a crédito, ya que todo lo que poseía estaba ya más que usadito.
Además, debía una considerable cantidad por la campaña de publicad que Manolo
me había hecho a partir de mi triunfo en Madrid. Me tranquilicé al pensar que
al menos iba a ser bien pagado por mis actuaciones.

Mi debut el 5 de abril en
Arles (Francia), con Gerardo Jordán “Blanquito” y Manolo Chacarte en el cartel,
lidiando novillos de Hermanos Ortega Estévez, no se desarrolló como deseaba. El
encierro salió difícil y ninguno de la terna pudo lucirse. Yo estuve valiente y
fui fuertemente aplaudido en ambos novillos y en los quites a los novillos de
mis compañeros. Fui volteado muy aparatosamente por el segundo, pero salí
ileso, aunque me dolían todos los huesos del cuerpo. No fue el comienzo de
temporada soñado por mí durante unos meses. Tuve buena prensa pero yo quería
más orejas y menos buenas críticas.
Larga fue la espera, o al
menos a mi me parecía interminable,
para torear mi segunda novillada de la temporada en Zaragoza el 10 de mayo, y
en ese festejo, aunque no hubo trofeos, si tuve ocasión de hacer el buen toreo,
a pesar del aire huracanado
que soplaba en el ruedo. La plaza de toros de
Zaragoza entonces no tenía cubierta y tenía la fama de ser, con la del Puerto
de Santa María, la peor de España para torear cuando soplaba el viento del
Moncallo. Recuerdo que se dio el caso insólito de suspenderse por el viento una
de las novilladas en la que estuve anunciado en ese coso. En este mi segundo
festejo me acompañaron en el cartel Victoriano Posada y “Chicuelo II” y
lidiamos un encierro de José Luis Guardiola. Curiosamente debido a que yo me
había presentado tan pronto en Madrid en esa, y en muchas otras novilladas, era
cabeza de cartel aunque mis compañeros tuvieran muchas más horas de vuelos que
yo. Esa tarde fui ovacionado en el primero
y tuve petición de oreja en segundo, dando la vuelta al ruedo. La espada me
quitó el trofeo, aunque me gané una repetición.
El
domingo siguiente hice mi presentación en Castellón, también acompañado de
“Chicuelo II”. Del festejo esto reportaba la Agencia Mencheta:
Castellón 17- Novillos de Eugenio Luis Severino de Madrid que
excepto el cuarto fueron mansos. Mario Carrión ovacionado en banderillas, fue
cogido por primer toro al dar un natural, pero siguió la faena muy adornada y
valiente y mató de media buena. Pasó a la enfermería mientras el público pedía
la oreja, y fue asistido de contusiones y una erosión en el lado derecho del
cuello. Salió durante la lidia del tercer toro. En el cuarto hizo una faena
superior, amenizada por la música y mató de una estocada y descabello (ovación,
oreja y vuelta). Paquito Corpas fue aplaudido en el segundo y bien en el quinto
que fue peligroso. Chicuelo II muy valiente toda la tarde, fue ovacionado en el
tercero y cortó la oreja del sexto. Carrión y Chicuelo II salieron a hombros.
Al volver de Castellón
Manolo me dijo que para mi reaparición en las Ventas el empresario Livinio
Stuyck estaba organizando una novillada extraordinaria para el jueves 11 de
junio con un buen cartel con otros dos novilleros punteros, pero que antes de
esa fecha torearíamos en la Feria de Cáceres el 30 de mayo, el 4 de junio en
Pamplona y el 7 en Tánger. Esta noticia me alegró sobremanera, ahora sí ya de
verdad el triunfo en Madrid empezaba a dar frutos, pues lo que a mí más me
interesaba era torear con regularidad.
Mi presentación en Cáceres
me ilusionaba sobremanera pues, como decía en las memorias de mis andanzas como
novillero sin caballo, en esa ciudad, habíamos vivido durante unos tres años,
debido a que mi padre se hallaba destinado en el cuartel de infantería local como
teniente coronel. Allí contaba con muchos amigos personales y partidarios míos
como torero. Además, aparte de residir en Cáceres, desde que comencé mi carrera profesional todos los
inviernos los había pasado entrenando en los campos de la región, y lo seguiría
haciendo hasta que dejara España. Por consiguiente también en la provincia era
muy conocido.
Cáceres me había adoptado
como si fuera un torero local, a tal
punto que la prensa en los reportajes se refería a mí como “el torero
sevillano-cacereño”. Yo llevaba a esa ciudad en mi corazón pues los cacereños
me habían dado un cariño del que yo creía no había hecho nada especial para
merecerlo. Así que sentía una presión extra para estar bien esa tarde, y así de
alguna manera mostrar mi agradecimiento.
El cartel lo componían el
catalán Carlos Corpas y el albaceteño
“Chicuelo II” y la rejoneadora
portuguesa Lupita Barroso, quien encabezaba el cartel actuando solamente en un toro.
Entonces todavía no se daban corridas de rejoneadores y, a menudo. se reforzaban
los carteles con un caballero rejoneando un toro. Un buen encierro de Higinio
Luis Severino ayudó a que la terna diéramos una gran tarde de toros y que los
tres espadas saliésemos a hombros, siendo
“Chicuelo II” el máximo triunfador al cortar tres orejas, Corpas obtuvo
dos trofeos y yo solamente uno, a pesar de pinchar a los dos utreros de mi
lote, como reportaba EL RUEDO:
Mario Carrión en su primero realizó una buena faena. Dos pinchazos y
estocada superior. Vuelta. En su segundo, con la muleta y citando de lejos,
ejecuta unos pases que se corean. Pinchazo y estocada. Oreja y dos vueltas al
ruedo.
Por el contrario ni en
Pamplona en junio 4 ni en Tánger en junio 7 hubo trofeos ni para mí ni para los
otros cuatro alternantes, pues ambos encierros
presentaron dificultades. Victoriano Posada y Angel Ramiro hicieron el
paseíllo conmigo en Pamplona. Posada y yo dimos vueltas al ruedo y Ramiro, con
menos experiencia que nosotros, vio como le echaron un manso novillo al corral.
En Tánger alternamos Paco Corpas y Andrés Luque Gago y los tres dimos una
vuelta al ruedo a base de arrimarnos, exponer y de recibir un trompicón por
aquí y otro por allá. Fueron dos novilladas, de cuyos hierros no volví a torear
un pitón, ni tampoco volví a oír los
nombres de las ganaderías. Luque Gago era un amigo de mi infancia, y quiero
recordar que después de ese año como novillero cambió los aceros por los palos,
y ha sido una grandiosa figura entre los hombres de plata. Andrés y yo nos
vemos casi todos los años en abril en Sevilla, y este año 2007 estuvimos
recordando el miedo que pasamos actuando en Tánger.
Llegó el 11 de junio, el día de mi repetición en las Ventas. Era un
jueves, un día laboral.
El encierro era de la famosa ganadería salmantina
“Barcial” de Sánchez Cobaleda, quien envió un lote de cómodos novillos,
demasiados cómodos, pues en el reconocimiento echaron dos para atrás y fueron
sustituidos por dos serios utreros de Hoyo de la Gitana. Completaban el cartel
el salmantino Victoriano Posada quien, después de ser unos de los novilleros
punteros la temporada anterior, hacia su presentación en Madrid, y el madrileño
Luis Díaz, quien acababa de triunfar en su presentación ante sus paisanos. El
cartel era tan atractivo que la empresa dobló el precio de las entradas, y aun
así casi se llenó el coso. Ahora bien, la prensa criticó con razón la excesiva
subida, alegando que algunas entradas de sombra eran más caras que similares
entradas en recientes corridas de toros. El conocido crítico madrileño Curro
Castañares, en su crónica de la novillada en el diario YA, opinaba que la empresa debería repetir el
cartel pero “rebajar los precios de sombra que en una novillada deben ser
inferiores a los de una corrida”. También algunos aficionados en los tendidos manifestaron oralmente el descontento
con los precios. La empresa, sin ser su intención con esta acción, puso más
presión en la terna, pues el público nos juzgó ese día como si fuéramos grandes
figuras consagradas. Yo no debería resaltar este punto pues el empresario gracias
a sus cuantiosos beneficios fue muy generoso conmigo. El público tampoco se
portó mal, pues pidió la oreja en mi primer novillo, trofeo que el presidente
no concedió, por juzgar que mi estocada no estaba colocada en la cruz. De todas maneras di aclamadas vueltas
al ruedo al completar las dos faenas, dejando satisfecho a los aficionados y a
la crítica, pero no a mí, que todo lo que no fuera abrir la Puerta Grande de
nuevo me parecía poco para seguir mi ascenso. Esta cita del diario
INFORMACIONES es una muestra de lo bien que me trató la prensa:
El novillero macareno no
solo mantiene su gran cartel, sino que lo aumentó al mostrarse ayer torero con
capa y muleta y seguro con la espada...Con el capote toreó a la verónica y se
lució en los quites con giro alegre y una improvisación propia de quien como él es torero, porque
Dios lo quiso. Y ya con la muleta---ayer Mario no quiso 
aumentar los aplausos
banderilleando---cuajó en su primero una faena grande por naturales magníficos,
altos y los de pecho que se jalearon con olés y aplausos. Tenía ya el sevillano
la oreja en la mano, y para cogerla entró a matar con ganas, pero salió la
estocada algo desprendida, y por ello no hubo concesión, y sí vuelta triunfal
al anillo con devolución de prendas.
En su otro novillo, bien
armado y alto de agujas, Mario Carrión salió a redondear su triunfo, pero al
ser cogido un par de veces por una parte, y, de otra, la corta arrancada del
‘cobaleda’ lo impidieron... al capotear... lances estupendos, otros de frente
por detrás, al quitar por chicuelitas, estas limpias y alegrísimas, y de nuevo,
muleta en mano, inició la faena con cuatro estatuarios, para volver al toreo en
redondo, después de haberse echado el trapo rojo a la zurda y tener que
desistir por no pasarle el toro. Labor aplaudida aisladamente y en conjunto, y
como la volviese a rematar Carrión yéndose detrás de la espada, que enterró por
entero, sonó fuerte y densa la ovación, y el novillero dio también la vuelta al
ruedo, dejando en la plaza sabor de torero bueno, de figura de la escuela
sevillana.
Repetí en Zaragoza el 21 de junio y de nuevo la espada, como en mi
primera presentación en el ruedo de esa
ciudad, me dejó sin trofeos, aunque ligué una faena tan bien conseguida a mi
segundo novillo que aunque pinché tres veces me pidieron la oreja. A diferencia
de mis actuaciones en el 1952 en lo que llevaba de temporada mi uso de los
aceros estaba siendo irregular.
Actuaron conmigo el aragonés “Blanquito” y el ecijano Bartolomé Jiménez
Torres, que hacia su presentación, enfrentándonos con un encierro del ganadero
sevillano José Escobar. Esto se leía en la revista EL RUEDO:
Mario Carrión manejó bien y
con torería el capote durante toda la tarde. Con la muleta hizo una faena
desigual en el primero de su turno, porque el de Escobar con su nervio le
achuchó en algunas ocasiones. Cuatro veces pinchó y no bien...Fue muy torera su
labor en el quinto, ejecutada al compás de la música. Hubo variedad de pases,
fundamentales y de adorno, y como pinchó demasiado adelante en tres ocasiones,
la oreja que el público pidió se le escapó por ahí. La gente la pidió con
insistencia y aun silbó al presidente por no concederla. Mario dio dos vueltas
al ruedo.
Después de Zaragoza toreé dos novilladas más en Madrid, una el día 29
de junio y otra el 5 de julio y en ninguna de ellas me fue posible repetir el
triunfo del año anterior, ni tampoco dar vueltas al ruedo como hice en mi
primera novillada en junio. Me tuve que conformar con grandes ovaciones durante
las faenas al matar a mis cuatro novillos, y en leer en la mayoría de las
crónicas de la prensa que mantenía mi cartel intacto. En cierto modo notaba que
me estaba convirtiendo en uno de los nuevos toreros favoritos de Madrid, como
se dice ahora en ‘un torero de Madrid’,
pues la gente, además de obviamente gustarle mis maneras y mi decisión,
apreciaba que a pesar de tener la temporada hecha no eludía el torear en las
Ventas. Las dos novilladas fueron accidentadas. En la primera Luis Díaz,
Bartolomé Jiménez Torres y yo toreamos un encierro mixto de tres y tres
novillos de las ganaderías salmantinas de Antonio Pérez y de Herederos de Maria
Montalvo. El festejos se quedó en un mano a mano, debido a que Jiménez Torres
fue herido gravemente en su primer novillo. Los demás novillos no dieron opciones
para el triunfo ni a Díaz ni a mí. La segunda tarde hice el paseíllo con Manuel
Cascales y José Maria Recondo, ambos nuevos en las Ventas. Los novillos
llevaban el hierro de José Moreno Yagüé. Las incidencias comenzaron por el
festejo tener que retrasarse diez minutos por la lluvia, y luego nosotros tener
que torear en un piso poco apto para ello, y concluyó con mi segundo novillo, un animal bravo y noble,
rompiéndose el pitón izquierdo en el
peto del caballo del picador, por lo que no me quedó más remedio que abreviar
la faena y acabar con las penas del pobre animal. Las mías nadie me las pudo
quitar, pues ese era el único novillo, de los cuatro que me habían tocado en
suerte en los dos últimos festejos, con él que hubiera sido fácil triunfar. Un párrafo en la crónica de EL RUEDO
analizaba cual era mi situación con la
afición madrileña mejor que yo lo pudiera hacer:
Mario Carrión sigue
ocupando el mismo lugar conquistado legítimamente, en el aprecio de la afición
madrileña. Toreó con gracia y hondura con el capote y muy inteligentemente con
la muleta. A ninguno de sus enemigos se le podía hacer florituras, pues como ya
he dicho el primero andaba sobrado de temperamento y era preciso castigarle, y
el cuarto ---el del cuerno roto---se descompuso bastante.
Podríamos llamarle mala
suerte al episodio con el último novillo que confronté en 1953 en Madrid, pero
la verdadera mala uva comenzó a partir de mi próxima novillada en Linares.
Entonces, comenzaría el calvario, al que me refería en la introducción de estas
memorias, pues entre el 19 de julio cuando actué en Linares hasta el 20 de
octubre cuando toreé mi ultimo festejo de la temporada en Jaén pasé más tiempo
en las enfermerías y en el Sanatorio de Toreros que actuando en los ruedos.
Hice el paseíllo en Linares,
vistiendo un traje de cordoncillos
negros, con Miguel Ortas y Manolo
Chacarte, y en los chiqueros nos esperaban seis novillos de Amador Santo. Nunca
me ha preocupado ni el color ni el material de los vestidos de torear, ni ahora
tampoco me fijo en el color de los trajes de luces cuando asisto a la plaza
como espectador, pero lo menciono aquí por la casualidad de haber llevado el
mismo vestido cuando tuve los tres restantes percances que seguirían al de
Linares esa temporada. No hace mucho escribí una vivencia ---UN TRAJE TORERO BORDADO CON CORDONCILLOS
NEGROS Y LAS CORNADAS--- cuyo
tópico, en forma de anécdota, se centraba en esa casualidad y en los avatares que me causaron las diez
cornadas que recibí en mi vida profesional.
Pero dejo eso para volver a lo que me sucedió en ruedo de Linares. En el
segundo novillo de la tarde perdí las orejas por pinchar dos veces. Luego,
picado por el tremendo éxito que obtuvo Ortas, toreé algo temerariamente al
quinto, un novillo que se quedaba corto buscando lo que se escondía detrás de
la muleta. Para asegurarme la oreja, entré a matar en corto y por derecho, pero
al hacer el cruce, al mismo tiempo que mi espada penetraba en el morrillo, el
pitón derecho se hundía en la ingle. El animal me suspendió y me lanzó al aire
y yo aterricé herido en la arena.
Me levanté sintiendo un intenso calor en la ingle, y cuando el animal
yacía muerto a mis pies, noté que la sangre teñía de rojo los cordoncillos
negros cerca de la entrepierna. Me llevaron a la enfermería con una oreja en la
mano, y allí el médico me curó de una cornada, la que él describía como “una herida en la región inguinal con
trayectoria de diez centímetros. Pronóstico menos grave. Fue trasladado a
Madrid para ingresar en el Sanatorio de Toreros”. Era irónico que a mí el novillo me cogió al entrar a matar y me
hirió en la ingle de la misma manera como un ‘miura” hirió mortalmente a
“Monolete” en 1947, y que el cirujano
que a mí me operó eficientemente era el mismo que tan duramente había sido
criticado por no haber podido salvar al gran diestro cordobés.
Este era mi bautizo de sangre, pues
aunque había recibido muchas volteretas, revolcones y porrazos, esta era la
primera vez que había sentido el ardor
de un asta de toro desgarrando mi carne.
Durante mi traslado a Madrid, durante
los momentos de lucidez, mi mente no me dejaba sentir el dolor, ya que estaba
rumiando la idea de que ahora que tenía varias novilladas seguidas contratadas
el percance me iba a hacer perder algunas.
Mis ganas de volver a los ruedos me hicieron hacer la tontería que
retrasó mi reaparición. Después de estar un par de días en el sanatorio, no se
me ocurrió otra cosa más idiota que, a escondidas de las enfermeras, y sin el
consentimiento del doctor Jiménez Guinea, levantarme de madrugada de la cama
para hacer ejercicios y torear de salón usando la toalla del cuarto de baño. El
esfuerzo causó que la herida se me abriera, y que lo que hubiera sido apenas
una semana inactivo se convirtiera en dieciséis interminables jornadas.
El 15 de agosto reaparecí en Caldas de Raihas (Portugal), y tuve un
gran éxito, dando vueltas al ruedo en mis dos novillos y saliendo a hombros de
la plaza. Estaba contento pues, como es sabido, en el país lusitano los toros
no se pican por lo que es más difícil de dominarlos, y lo hice a pesar de no
estar en plena forma física después del percance de Linares y de las
complicaciones de la curación. Esa tarde no llevaba el traje de cordoncillos
negros.
Volví a torear en Tarazona de la Mancha (Albacete) el 23 de agosto. Toreaba novillos de Pilar
Quintela en un mano a mano con “Chicuelo II”. En mi primer novillo, un animal
ilidiable, estuve valiente y fui aplaudido. “Chicuelo II” estuvo temerario
siendo volteado varias veces y al matar de un estoconazo le concedieron los
máximos trofeos. Yo no quería ser menos y al salir el tercero, un novillo facilón,
me dije “este es mi momento”. Entonces, lo toreé muy bien con el
capote, e incluso olvidándome de mi promesa, me atreví a banderillearlo y lo
hice lucidamente. Con la muleta, cuando ya estaba culminando una sentida faena,
el novillo me enganchó por la entrepierna y, como en Linares, me metió el pitón
por la ingle. Medio mareado del revolcón, conseguí dar unos pases más, y al
matar de una certera estocada, me concedieron las dos orejas del animal, las
que no pude pasear triunfalmente por el anillo, pues mis banderilleros me
llevaron en brazos a la enfermería.
La escena en la enfermería era
caótica. Se llenó de gente, mi apoderado, mi cuadrilla, periodistas y creo que
allí estaban hasta los amigos del matasano que me había tocado en suerte. Todo
el mundo mandaba menos el llamado cirujano, mientras yo sangraba por la herida
y sentía un dolor intenso en el abdomen. Entonces, observé que el doctor dejaba
cerca de los instrumentos quirúrgicos el baboso puro que fumaba y que después,
sin apenas lavarse las manos, volvía a darle una chupada al puro. Se dirigió
hacia mí y sin ponerse un guante me exploró la herida, e inmediatamente exclamó
sonriente “esto no es nada, es un
puntacillo superficial de unos tres o cuatro centímetros, te daré unos puntos y
estarás como nuevo”. Le faltó decirme como supongo le diría a todos sus
pacientes: “tómate dos aspirinas y me llamas mañana”. Ni el pronóstico
ni su habilidad médica me tranquilizaron, así que para que me dejara tranquilo
no le manifesté el intenso dolor que sentía en el vientre, y de soslayo le
susurré a mi apoderado “primo, sácame de
aquí como puedas que este tío me mata”.
En el coche de cuadrilla me trasladaron al Sanatorio de Toreros de
Madrid. En el coche el dolor era
insoportable, e incómodamente acurrucado en el asiento de detrás, sin mover un
músculo, estuve a punto de perder el conocimiento. En el sanatorio me aguardaba
el doctor Luis Jiménez Guinea, ‘el Angel de la Guarda’ de los toreros, y éste,
al ver mi estado, después de un simple examen les dijo a los ayudantes “vamos a operar”.
Al despertarme de la anestesia por la mañana me explicaron que el
puntazo había resultado ser una seria cornada bastante extensa, pues el pitón,
aunque había entrado por la ingle sin hacer grandes daños, en la trayectoria
ascendente, que el llamado médico de Tarazona no percibió, había penetrado y
rasgado unos treinta y cinco centímetros del saco que contiene los intestinos
haciendo grandes destrozos musculares. También, me informaron que había estado
a punto de padecer una peritonitis si la intervención se hubiera demorado un
rato más.
Obedientemente seguí las instrucciones del doctor Jiménez Guinea, y
este me dio el alta el día 3 de septiembre. Se me olvidaba notar que esa tarde
también vestía de nuevo el dichoso traje de cordoncillos negros.
Sin estar completamente reestablecido, cansado de que otros me
sustituyeran en mis novilladas, reaparecí en Villanueva del Arzobispo (Jaén) el
8 de septiembre, cinco días después de abandonar el sanatorio. Compartí cartel
con Carlos Corpas y Victoriano Valencia. Dispuesto a hacer el paseíllo en
la puerta de cuadrillas no sé por que
noté que el oro de los trajes de luces de Corpas y Valencia relucía con el
reflejo del sol, mientras que los cordoncillos negros de mi vestimenta
permanecían opacos. Sí, por una cabezonada vestía de nuevo el fastidioso traje
negro en contra del discreto consejo de “Monterito”, mi mozo de espadas. La
verdad es que quería probarme a mí mismo que no era supersticioso, y que ni el
color ni el material del traje predisponían mi suerte.
Tal vez, yo llevaba razón pero la casualidad hizo que al completar una
lucida faena al primer novillo de la tarde que, como
sus hermanos, llevaba el
hierro de Flores Tassara, al entrarle lentamente a matar, la res me empitonó
por el pecho con el asta derecha para lanzarme al aire y recogerme con el otro
pitón por la entrepierna. El novillo fue tan certero como yo lo fui con la
espada, y no falló con ninguno de los dos pitones. De repente pensé que el
asunto era feo, pues sangraba profusamente y notaba el aire salir por la herida
del pecho. De lo que pasó después poco me acuerdo. Supe que tuve la suerte de
caer en buenas manos y que, después del cirujano operarme eficientemente, me
llevaron de urgencia en una ambulancia a Madrid, a donde también me dijeron luego que, avisado de la gravedad del
percance, mi padre acababa de llegar de Sevilla para acompañarme en la desgracia.
El diario MARCA de Madrid del
9 de septiembre reportaba así el suceso:
Villanueva del Arzobispo. Novillos de Antonio Flores Tassara. Mario Carrión, gran faena. Es cogido y se lo llevaron a la enfermería en medio de una clamorosa ovación. Luego le llevaron las dos orejas a la enfermería. De la herida se facilitó el siguiente parte facultativo: ‘Durante la lidia del primer novillo ingresó en la enfermería el novillero Mario Carrión que presenta una herida por asta de toros en la región pectoral por fuera de la línea mamilar y al nivel del cuarto espacio intercostal, penetrante en la cavidad pleural; otra herida en sedal en la cara interna del tercio superior del muslo izquierdo que interesa piel y tejido celular. Pronóstico grave.”
Unos
días después el semanario taurino TORERIAS comentaba lo siguiente:
Con el grave percance
sufrido en Villanueva del Arzobispo por el novillero Mario Carrión se bate,
desgraciadamente un récord de fatalidad torera. En cuarenta días son tres cornadas graves que le
llevaron al Sanatorio de Toreros a un excelente artista de la escuela
sevillana: esta última cornada fue por partida doble: una en el pecho y otra en
el muslo.
Estuve hospitalizado por más de dos
semanas en el sanatorio y después de unos días allí cada vez que el doctor Jiménez Guinea aparecía en mi
habitación para curarme, le preguntaba que cuando podría reaparecer.
Creo que
hacía esa pregunta como por obligación, pues en realidad yo respiraba con
dificultades, y me encontraba desanimado, dolorido y debilitado a lo sumo, pues
había perdido mucha sangre. El médico me advirtió que los pacientes con una
herida de pulmón, generalmente, tardaban en recuperarse, por lo que me
recomendaba que no volviese a torear más esa temporada.
No tuve en cuenta el buen consejo del doctor pues,
influenciado por otras circunstancias, determiné actuar en las novilladas
contratadas que me quedaban una vez que él me diera el alta médica.
Principalmente, fue el dinero lo que determinó que no cortara
la temporada como debiera haber hecho, debido a mi mal estado físico en que me
encontraba después de tantos percances consecutivos, y sin haber tenido el
tiempo necesario para fortalecerme. Como había apuntado antes, mi apoderado
anticipando una larga temporada, me había hecho incurrir en grandes gastos en publicidad
y en la contratación de una buena
cuadrilla, por lo tanto, yo tenía que terminar
de pagar lo poco que me quedaba de esas obligaciones y, además, irme a casa con
algún dinero en el banco. Y como cobraba buen dinero en las novilladas que me
quedaban, decidí torearlas, no por afición, sino por necesidad, pues sabia que
no me encontraba ni física ni mentalmente para volver al ruedo.
Mi primo no me aconsejó como el
médico que no continuara toreando, tal vez porque él también estaba interesado
en que yo pagara lo que debía, pues él me había avalado. Por lo tanto le dije
que le comunicara al empresario de Cáceres que no buscara un substituto, pues
fuera como fuera el día 30 de septiembre yo estaría en el patio de caballos
para hacer el paseíllo en la novillada
de feria. Promesa que cumplí tres días después de salir casi a rastras
del sanatorio, y sin ni siquiera poder entrenar de salón.
A esa novillada les siguieron dos en
La Feria de Algemensí (Valencia) los días 1 y 2 de octubre, otras dos más los días
3 y 4 en la Feria de Villafranca de Xira (Portugal), y cerré la campaña del
1953 en Jaén el día 20.
No sé como me libré de otras
cornadas porque los novillos me dieron varias volteretas, no por torpeza o por
arrimarme a conciencia, sino sencillamente porque me faltaban facultades para
reaccionar oportunamente cuando los novillos se me echaban encima. Era carne de
cañón. La verdad es que yo me notaba en el ruedo como vacío y sin inspiración,
no como el alegre y entusiasta Mario de
antes del 8 de septiembre. Aún así corté una oreja en Jaén y en Algemensí salí
a hombros por cortar dos apéndices, mientras que por Portugal y por Cáceres pasé sin pena ni gloria, flotando como un
fantasma por el ruedo.
Lo que todavía retenía era la determinación, y algo de valor, pero para
un torero que se consideraba artista no era suficiente estar satisfecho con
torear como un autómata. Pensé que para seguir adelante de alguna manera
tendría que recobrar la alegría que antes tenía en el ruedo.
A finales de octubre, a diferencia
de la temporada anterior, dejé Madrid para irme a Sevilla casi de puntillas,
sin homenajes o cosas por el estilo. Evitaba el verme con mis amigos pues no
quería oír frases de ánimo bien intencionadas, pero que a mí me sonaban como
palabras misericordiosas.
En Sevilla
la cosa cambió con el
calor de la familia. Mis padres y mis hermanos estaban tan contentos de tenerme
entre ellos sano y salvo, después de lo que habían sufrido con mis percances,
que con su cariño me hicieron poco a poco ir recuperando el ánimo. Para ellos
no había diferencia entre el torero triunfador y el uno con menor éxito, para
mis padres era el mismo hijo de siempre, quien ahora necesitaba más atención, y
para mis cuatro hermanos, Manolo, Mari-Carmen, Juan y Conchi era el hermano
mayor con quien jugaban y reían. De mis asuntos profesionales no se hablaba en
la casa. El cariño y la vida tranquila y sana surtió efecto, pues después de
una corta temporada con ellos mi estado físico mejoró sobremanera y algo el
ánimo.
Calculé que para triunfar de nuevo
en el toreo, el estar en buena forma física no sería suficiente, necesitaba
recuperar el optimismo profesional perdido. Lo primero que hice fue evaluar
racionalmente mi situación profesional y mis posibilidades. Siendo realista
concordé en que, aunque me sentía algo bajo de moral, no estaba derrotado pues,
pues cuando se da todo lo que uno tiene, ese sentimiento no existe, al menos
para mí.
Me
puse a comparar mi situación
profesional en que me encontraba en noviembre del 1952 con la me encontraba en
el mismo mes del año 1953. Entonces creía firmemente que la temporada del 1953 iba a ser la de mi consagración, y que
terminaría como figura de los novilleros, habiendo toreado medio centenar de
festejos. En cambio, como los imponderables me habían hecho perder esa
oportunidad en 1953, sumé apenas dieciocho y me encontraba con un cartel bastante
disminuido. Así que si quería alcanzar la meta de ser gente en el toreo,
tendría que empezar la temporada del 19954 desde cero y cuando fuera y, además
aceptar que me quedaba por delante una fuerte lucha para recuperar la posición
que las heridas a destiempo, además de otras circunstancias, me habían hecho
perder.
Pero para confrontar esa difícil
empresa tendría aun que seguir recuperando mi estado psíquico, el que ya en
casa con el cariño familiar había empezado a recobrar. Por consiguiente, tomé
la chocante y alocada decisión de a propósito por el resto del año olvidarme
momentáneamente del toreo. O sea, que no habría entrenamientos, toreo de salón,
tentaderos ni contactos con el mundo taurino. Por el contrario, para que esto
fuera posible busqué la compañía de mis antiguos compañeros de colegio, varios
de ellos ya se encontraban en la universidad, y de algunos viejos amigos del
barrio, y con ellos comencé a llevar la vida de un muchacho normal. Viví con la
típica despreocupación de un estudiante en sus meses de vacaciones,
divirtiéndose a más no poder, trasnochando, alternando con chicas o yendo a
fiestas. Era como si quisiera ahogar el gusanillo de la afición. Supongo ahora
que entonces esa conducta, tan atípica en mí, daría que hablar a los aficionados
y taurinos, quienes creerían que yo habría perdido la afición, y el fuego
interior de ser torero se me estuviera
extinguiendo.
Un
siquiatra no podría haberme dado mejor consejo, pues la Nochevieja, al tomar
las uvas en una pequeña reunión familiar en casa de los Martín Vázquez, con
cada uva que me tragaba el deseo de ser torero crecía, y al sonar la doceava
campanada, el deseo ya era pasión. Esa última noche del año soñé con volver y
triunfar en los ruedos, y desperté en la mañana del Año Nuevo del 1954 teniendo
la confianza y la certeza que eso iba a suceder. Sería cuestión de estar
preparado y esperar con paciencia.
Fotos:
1.
Cartel de
mi debut con picadores en Tanger, 26-6-52.
2.
En el barco rumbo a Tanger con "Rayito" y nuestras cuadrillas.
Agosto. 1952.
3.
Cartel de mi presentación en la Ventas de Madrid, 14-9-52.
4, En
al finca de los señores Muñoz con el doctor Muñoz y mi apoderado, Verano
del 1952
5. Hierro del
ganadero Emilio Arroyo.
6.
Cuadro basado en una foto de mi debut en Madrid del pintor Pedro
Escacena, cuando él era todavía estudiante de arte,
7, 8, 9
y 10. Cuatro momentos de mi actuacion en Madrid, 14-9-52.
11. Un
natural en Algemensí (Valencia), 24-9-52.
12. Banderilleando en mi
debut en Madrid, 14-9-52.
13. Cena-homenaje organizada por la Peña Taurina
Mario Carrión de Madrid para celebrar el éxito de mi debut en las
Ventas. Octubre, 1952
14.
Billete de la Loteria Nacional emitido por la Peña Taurina
Mario Carrión de Madrid. Diciembre, 1952.
15, Despedida
a mi primo Pepín Martín
Vázquez en Cádiz. Se embarcaba para Caracas para torear all su última
corrida. Febrero, 1953.
16 y 17, Cartel de
Arles (Francia), y un pase natural de esa actuación. 5-4-53. .
18. Dando
un pase afarolado de rodillas en el ruedo de Zaragoza. 10-5=53.
19. Cartel de
Castellón. 17-5-53.
20, 21 y 22. Cartel de mi reaparición en las
Ventas ( 11-6-53), y dos momentos de esa tarde.
23. Cartel de
Linares. 19-7-53.
24.
Delante del Sanatorio de Toreros. Julio, 1953.
25. Vistiendo el trágico
traje de cordoncillos negros. 1953
26. En el Sanatorio de Toreros
restableciéndome de la doble cornada recibida en Villanueva del Arzobispo.
Septiembre, 1953.
27.
Mari-Carmen y Juanito, dos de mis cuatro hermanos que durante el invierno
del 1953, quienes con Manolo y Conchi me ayudaron a olvidar
los malos momentos con su juvenil inocencia y alegtria.
